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¡Buenas fiestas!

Los españoles estamos celebrando estas fiestas -Navidad, Año Nuevo, Reyes- alegres y confiados y con un nivel de bienestar y seguridad que, en su conjunto, es el de los pueblos mejor situados del planeta. La existencia de zonas de sombra en la distribución de bienes materiales no crece en relación al pasado y un clima de esperanza aleja los vientos de crisis que oscurecían el horizonte en años pasados. Los españoles olvidan, y hacen bien en olvidar, los graves riesgos sobre los que han pasado durante el año que termina y menosprecian la labor de unos políticos que han sido capaces de superar los dislates que hubiesen podido romper la estabilidad y el sosiego de que disfrutan sin sobresaltos, como si fuese un regalo de la naturaleza.

Pero la realidad es que unas elecciones generales pusieron en trance de naufragar al mecanismo de contrapesos que mantiene el equilibrio de una convivencia moderada y constructiva a la que se venía llamando bipartidismo imperfecto. Unos resultados marcados por la emergencia de tendencias improvisadas, sin programas avalados por la experiencia ni ajustados a la realidad nacional e internacional, hicieron imposible consolidar de entrada un gobierno. Fue necesario prorrogar un gobierno en funciones y sobrenadar sobre las aguas revueltas en que intentaban pescar los pescadores de la división y del odio. No fue posible que colaborasen quienes creían en una sola España con un pueblo libre de frentismos irreconciliables. Fue necesario repetir aquellas elecciones y los electores rebajaron el índice del desconcierto, confirmando una mayoría relativa y frenando los impulsos demoledores de quienes llegaron a soñar con un Frente Popular como aquel que, hace más de ochenta años, dinamitó la tramoya incompetente de la II República. Pero el problema quedó sin solución definitiva, prolongándose el gobierno en funciones y con una izquierda dividida entre la lealtad constitucional y un candidato ávido de poder personal a toda costa, dispuesto a comprometerse con quienes estaban ansiosos de romper la unidad interior y las alianzas exteriores de la España democrática.

En vísperas de estas fiestas navideñas, los españoles estuvimos a punto de celebrar unas terceras Elecciones Generales, casi coincidiendo con la Navidad, en las que se preveían resultados más favorables al PP pero peores para el PSOE y peores para el bipartidismo imperfecto que conviene al equilibrio constitucional de España. Tuvieron que resistir la fortaleza cansina de un Partido Popular venido a menos con la musculatura herida de un Partido Socialista desorientado para conseguir evitar que, en estos días alegres, estuviésemos, otra vez, dando ridículas vueltas en torno al tema de la investidura de un presidente de gobierno. Hasta un momento crítico cuya gravedad parecen desconocer algunos ciudadanos, estas fiestas pudieron convertirse en unos funerales con los sepultureros podemitas metiendo sus toscos puños en la delicada máquina de un Estado. No se trata de algo imaginario, como no fue imaginario el Frente Popular que liquidó en unos meses la penosa experiencia republicana. España estuvo a punto de arrojarse por un despeñadero como también han hecho otros pueblos más ricos. Por ejemplo la mal asesorada por podemitas República de Venezuela. Tuvo que interponerse la resistencia contracorriente de Rajoy y la veteranía de los dirigentes socialistas con responsabilidades gubernativas en el pasado o en el presente para impedir la desestabilización con que soñó el desafortunado Pedro Sánchez con su “no es no”.

Los españoles deben saber que pueden tomar las doce uvas sin atragantarse, aunque no se sabe por cuánto tiempo. Sucesos como el voto socialista contrario a un tema grave y sensible como son las competencias penales del Tribunal Constitucional hacen dudar de la solidez de un consenso relativo. De ahora en adelante se presenta una encrucijada en el primer trimestre de 2017: los presupuestos generales del Estado. Un año después de las últimas elecciones. Pudiera haber dos años de equilibrio si esta encrucijada se supera. Pero hay unos separatistas locos encaramados en unas instituciones oficiales descontroladas. Todo son dificultades para pensar con optimismo en una legislatura larga y tranquila. No es posible calcular cuánto puede durar este consenso frágil y resbaladizo que parecía reducir a la irrelevancia provisional a los predicadores de la desunión y del odio. Pero mientras el equilibro dura, vida y dulzura. ¡Buenas fiestas y prudencia política ante el Año Nuevo!
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