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Divagando...

Mediodía de diciembre. A pocas jornadas de recibir el invierno, una estación solemnemente antipática en la que una multitud de personas decrépitas y achacosas preparan su equipaje para trasladarse a su próximo y último destino, la muerte. Día gris, cielo plomizo y un silencio tenso que precede a las atrocidades hipócritas y consumistas en que se ha convertido el período navideño. Soledad chillona y tiempo en estado de detención total, sin demasiado principio ni excesivo final. Etapa de una inconcreción sólida pero efervescente. Nula precisión en la memoria presente y vacío sin exorbitante horror al mañana.

Mi vista se concentra en el fuego del hogar en el que unos leños anónimos se consumen, con cierto sosiego, en una combustión aparentemente indolora; mi retina, no obstante, no retiene la imagen: el fuego es como el río de Heráclito que sufre un cambio constante y, por lo tanto, es sumamente efímero. Mi pensamiento no actúa; es un paréntesis desocupado, desierto. En tal estado anímico, mi mente deambula por el espacio vital sin fijación momentánea ni circunstancial. Y, de repente, una palabra se mueve en mi cerebro apagado y pretende soltarse de las cadenas que mi fase intelectual le ha impuesto y liberarse. El vocablo es cultura.

Cuando tantos millones de personas, en España, siguen diariamente el programa de televisión Sálvame, la pregunta es obligada: ¿sirve para algo la cultura?, ¿tiene alguna razón de ser?, ¿es útil?, ¿en qué consiste, en definitiva, la cultura? Según una definición sencilla y pedestre, la cultura es un conjunto de conocimientos e ideas adquiridos gracias al desarrollo de las facultades intelectuales mediante la lectura, el estudio y el trabajo. Aunque tambien podríamos considerar que se trata de un conjunto de conocimientos, tradiciones y costumbres que caracterizan a un pueblo, a una clase social o a una determinada época. Visto lo visto, no da la impresión, en principio, de ser nada malo, ni perverso, ni pérfido, motivo por el cual no deberíamos tenerle miedo ni temer por nuestras convicciones. Entonces, ¿por qué solemos tener tantas reticencias ante cualquier manifestación cultural? ¿Por qué nos resulta tan aburrida la cultura? Generalmente leer -para poner un ejemplo- nos produce somnolencia y, sobre todo, una pereza colosal; para mucha gente la lectura requiere un esfuerzo casi sobrenatural y el resultado suele ser un tedio sin parangón en nuestras actividades habituales. Y quien dice leer, dice observar obras artísticas de carácter físico o escuchar músicas de todos los tiempos que deleiten nuestros oídos y nos trasladen a un bienestar profundo y satisfactorio. Hay muchas maneras de utilizar nuestras zonas de ocio; siempre las ha habido. Y todas, todas, son bien legítimas, que quede claro. El personal goza con todo el derecho del mundo de distraerse en un campo de fútbol, en un cine, con su familia celebrando una comilona en un chiringuito de playa, rodando en una bicicleta, viendo Sálvame en televisión, luchando en un videojuego o, si me apuran, no haciendo nada de nada; simplemente, descansando. De ahí que, probablemente, la cultura no sea estrictamente necesaria para que seamos felices y comamos perdices.

Ahora bien, tengo la sensación de que las sociedades en las que la cultura tiene un papel preponderante en su desarrollo son algo más civilizadas que las de bajo nivel cultural. Es decir, que la gente suele ser más amable, más eficiente (en todos los sentidos), mejor preparada para afrontar los problemas típicos de cualquier convivencia social y se muestra más protectora y respetuosa sobre los bienes que han heredado de sus ancestros, tradiciones incluidas. Eso no impide que, también en estos paraísos culturales, el asesinato sea uno de sus vicios más feos.

La palabra cultura ha huido de nuevo y mi mente vuelve a su estado de oquedad en este día de otoño (todavía). Los aspirantes a las muertes de invierno tienen ya sus baúles prestos.

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