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Adolescentes y alcohol

martes 10 de septiembre de 2019, 04:00h

Este sábado pasado siete de septiembre estuve en la fiesta de Los 40 en Santa Ponça y tuve ocasión de asistir al penoso espectáculo de adolescentes borrachos, algunos inconscientes, algunos próximos al coma etílico, que es habitual en eventos de este tipo, en los que se juntan cientos o incluso algunos miles de jóvenes, la mayoría muy jóvenes, de catorce, quince, dieciséis años.

Es cierto que los afectados por la ingesta excesiva de alcohol eran una minoría del total, pero una minoría significativa y que en modo alguno puede ser minusvalorada. El consumo de alcohol por parte de nuestros adolescentes y jóvenes es un hecho bien conocido, es un problema muy grave de salud y de seguridad públicas y no parece que, como sociedad, estemos adoptando una actitud correcta y medidas proactivas para enfrentarlo. Más bien al contrario, la actitud predominante es de tolerancia y permisividad y de simplemente atender los episodios agudos de intoxicación.

El patrón habitual de consumo de alcohol entre nuestros jóvenes es el episódico. Beben los fines de semana en fiestas, conciertos y encuentros entre amigos, pero beben mucho, de una manera deliberada, con la finalidad de ir sintiendo las sensaciones de la intoxicación progresiva. Hay que tener en cuenta que el organismo de los adolescentes es más resistente al efecto sedante del alcohol que el de los adultos, por lo que pueden beber más durante más tiempo, lo que acaba llevándoles a unos niveles en sangre muy elevados antes de entrar en inconsciencia.

Este patrón puede llevar con el tiempo al consumo continuado, lo que desemboca en la adicción, el alcoholismo, y supone un paso definitivo hacia el abismo de la dependencia. Las consecuencias del alcohol sobre el cerebro de los adolescentes son demoledoras, ya que no está aun completamente formado. Son particularmente graves los efectos sobre las zonas de la memoria y del desarrollo de la personalidad, con secuelas que permanecen de por vida. Las repercusiones en el rendimiento académico, laboral, en las relaciones afectivas y en el comportamiento social pueden llegar a ser calamitosas y comprometer seriamente su futuro.

En Baleares, en principio, no se puede vender ni suministrar alcohol a menores de edad, sin embargo éstos no tienen ningún problema para consumir bebidas espirituosas. Un cambio en la permisividad generalizada actual con un refuerzo del control del acceso al alcohol sería una medida positiva, pero en modo alguno solucionaría el problema. La represión sin otras medidas nunca ha remediado nada. Solo una implicación informativa y educativa directa, significativa y sostenida en el tiempo por parte de las administraciones, escuelas y familias, que transmita a los jóvenes información veraz, descarnada llegado el caso, de los efectos nefastos del alcohol sobre sus cerebros puede conseguir su concienciación y la paulatina remisión de la actual epidemia.

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