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Diario de un confinado: Los guantes

lunes 20 de abril de 2020, 04:00h
En otras circunstancias, los guantes concretos de que les hubiera hablado habrían sido sólo los de Rita Hayworth en la película «Gilda», lo que a su vez me habría dado pie a escribir sobre otro de mis temas favoritos y recurrentes: las mujeres fatales. Sin embargo, como no quiero crearles falsas expectativas desde el inicio, me veo en la obligación de decirles que hoy sólo les hablaré de algo seguramente mucho menos sensual y posiblemente también más prosaico, mis propios guantes.

Los únicos guantes que por el momento tengo en casa son unos un poco antiguos de algodón que suelo ponerme sólo en invierno. Teniendo en cuenta que están ya algo desgastados y deteriorados por el uso, y que incluso tienen algún pequeño agujero, al final he creído conveniente no ponérmelos de nuevo estos días para ir a comprar al súper. Además, ahora mismo no corro ya el riesgo de que nuevamente me vuelvan a salir sabañones.

Una de las cosas buenas, entre otras muchas, del supermercado al que voy es que antes de entrar te suministran siempre gel desinfectante y un par de guantes de plástico. En esos instantes echo siempre de menos no ser un poco más mañoso, porque de inmediato me suelen surgir invariablemente dos problemas, cómo abrir los guantes para ponérmelos y, una vez ya abiertos, cómo colocarlos en mis manos. Para no molestar a nadie, me sitúo entonces discretamente en un rincón y me concentro al máximo para intentar superar ambas pruebas lo más rápido posible.

Cuando finalmente estoy ya en disposición de poder coger el carro e iniciar la compra, me noto embargado a veces por una profunda emoción. Este asunto puede parecer quizás una nimiedad, pero he de confesar que aún no he podido olvidar mi primera vez, cuando tardé casi más en ponerme los guantes que en hacer luego toda la compra. Por eso, en el actual contexto de búsqueda de una progresiva superación «guantística» personal, a veces pienso que si un día consigo finalmente ponerme los guantes a la primera, recibiré una cálida y cerrada ovación de reconocimiento por parte de los clientes, los empleados y los vigilantes de seguridad. Nunca es tarde si la dicha es buena.
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