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Diario de un confinado: Los hipocondríacos

viernes 03 de abril de 2020, 05:00h
Empecé a ser hipocondríaco ya desde muy pequeño. Seguramente, ha sido lo único en que he sido precoz a lo largo de mi vida. Con seis o siete años, me imaginaba ya víctima de enfermedades aún desconocidas para la ciencia o afectado por tres o cuatro dolencias graves en paralelo, todas ellas igualmente irresolubles. Esa aprensión prematura hizo que ya durante mi adolescencia dejase de ver el programa «Más vale prevenir» tras unas pocas emisiones, pues no había patología que no hiciera irremediablemente mía tras escuchar las didácticas explicaciones de Ramón Sánchez Ocaña.
Ya en la edad adulta, intenté sobrellevar mi hipocondría crónica con la máxima elegancia y discreción posible, intentando molestar lo menos posible a mis sucesivos médicos de cabecera. Al mismo tiempo, leía todo cuanto podía sobre esta cuestión. No hace aún muchos años, una de mis mayores alegrías fue descubrir el libro «Me temo lo peor. Diario y confesiones de un hipocondríaco», del maestro Manuel Hidalgo. Me reconocí por completo en esa obra. En aquellos tiempos, algo más benévolos que los actuales en cuestiones de salud, ser hipocondríaco no suponía ningún problema, salvo para el propio afectado, pero ahora quizás la cosa se haya complicado un poco en ese sentido.
Por ese motivo, los hipocondríacos tenemos que ser hoy más responsables que nunca e intentar limitar al máximo nuestras posibles visitas al médico, por mucho que notemos síntomas o molestias que nos puedan preocupar o inquietar en relación a nuestra salud, como un cansancio que no se explica, un pinchazo repentino en la espalda, un dolor de cabeza inédito, un grano nuevo en la pierna, una verruga diminuta en el codo, un lapsus linguae al hablar, un rubor en las mejillas, un malestar difuso en el estómago, un olvido transitorio de una cita amorosa, un picor persistente en el pie o una pequeña hinchazón en un dedo de una mano por la picadura de un mosquito.
En cambio, sí puede ser bueno que durante estas semanas no dejemos de lado determinadas rutinas que nos acompañan ya desde hace años, como mirarnos la tensión arterial cada cierto tiempo, comprobar si tenemos fiebre cuando no nos sintamos bien, leer con sumo detalle e íntegramente los prospectos de todos los medicamentos y, sobre todo, hablar a nuestros amigos casi diariamente acerca de cómo nos encontramos. «Soy hipocondríaco y, aunque no esté orgulloso de serlo, me encanta hablar de ello», sintetizó con su fina y afable ironía Manuel Hidalgo.
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