Entre el cielo y la tierra

Acabada la frágil tregua acordada en el Golfo Pérsico y cuando debiera comenzar una nueva ronda de negociaciones entre los implicados en el conflicto, no podemos sustraernos al marco geoestratégico y sociopolítico que explica la guerra, pero tampoco al trasfondo religioso que exacerba los ánimos de los contendientes. 

Las tres grandes religiones monoteístas implicadas —el judaísmo, el cristianismo y el islamismo— comparten una raíz común que se remonta a la figura de Abraham. A pesar de que sus textos sagrados y tradiciones espirituales han nutrido la ética, el derecho y la cultura de civilizaciones enteras, existe una paradoja trágica en su historia: las religiones que predican la paz, la fraternidad y la justicia divina han sido, con frecuencia, los estandartes bajo los cuales se ha derramado la mayor cantidad de sangre humana.

El conflicto en los países teocráticos, o en aquellos donde el discurso religioso domina la política, no nace de la fe en sí misma, sino de la instrumentalización del dogma para fines mundanos. Cuando una estructura de poder estatal se fusiona con una narrativa religiosa absoluta, el "otro" deja de ser un adversario político y se convierte en un enemigo de la divinidad. En este contexto, el fundamentalismo florece, no como una búsqueda de trascendencia, sino como una herramienta de cohesión interna y segregación externa.

La historia nos enseña que, cuando los líderes utilizan la religión como legitimación única, cualquier disidencia o crítica se interpreta como una blasfemia. Esta lógica elimina el espacio para el diálogo, la diplomacia y el compromiso, elementos esenciales para evitar el estallido bélico. La tragedia de los estados teocráticos es precisamente ésta: al intentar imponer una interpretación única de la verdad, cierran la puerta a la convivencia plural que las sociedades modernas requieren.

Uno de los aspectos más peligrosos en el seno de estos conflictos es la recurrencia a la escatología —el estudio del fin de los tiempos—. Tanto el judaísmo (la venida del Mesías), el cristianismo (el Armagedón), como el islam (el Yawm al-Qiyamah) contienen narrativas proféticas sobre una batalla final. El problema surge cuando estas metáforas poéticas y simbólicas sobre la lucha entre el bien y el mal se interpretan de manera literal.

Profecías y, sobre todo, interpretaciones como predicciones de una guerra religiosa total podrían llenar las bibliotecas. Los cuartetos de Nostradamus, que son extremadamente ambiguos, han sugerido múltiples teorías: sus versos sobre "el gran rey del terror" o las guerras entre las potencias de Oriente y Occidente aluden a un choque apocalíptico que involucra a las tres religiones monoteístas. Por su parte, ciertos grupos y comentaristas radicales han interpretado "el secreto" de Fátima como una advertencia sobre una guerra mundial que tendría un fuerte componente de enfrentamiento religioso, especialmente en el contexto de la relación entre el cristianismo y el mundo islámico. 

A diferencia de las videncias paranormales, otros pensadores basaron sus predicciones en el estudio de la historia, la cultura y las dinámicas sociales. Samuel Huntington, en su ensayo de 1993 y posterior libro “El Choque de Civilizaciones”, argumentó que, tras la Guerra Fría, los conflictos globales no serían ideológicos o económicos, sino culturales y religiosos. En ese mismo sentido, Hilaire Belloc, escritor e historiador británico, ya en 1937 predijo, en su obra The Great Heresies, que el Islam volvería a ser una fuerza política y religiosa dominante que entraría en conflicto directo con Occidente. 

Quizá haga falta alejarse del cruel mundo para apreciar el valor de una humanidad más tolerante, como destacaron los astronautas del Artemis II cuando defendieron la necesidad de unidad y aprecio por la Tierra, enviando un mensaje inequívoco sobre la "imprescindible unidad universal". La paz, por tanto, exige una desmitificación de la violencia. Requiere reconocer que, más allá de las diferencias teológicas, la condición humana no tiene categorías, ni distingos por color, rezo o género. 

El mundo está amenazado por un grupo de líderes que han sustituido la inteligencia por la testosterona, ignorando que la verdadera sabiduría no reside en la victoria de una religión sobre otra, sino en la capacidad de construir un mundo donde la fe sea una guía para la paz, no una justificación para la espada.

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