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Hacer amable la lengua

viernes 16 de febrero de 2018, 08:47h

Como bilingüe de nacimiento que soy -ustedes perdonen, pero tuve el privilegio de tener una lengua materna y otra 'paterna'- siento que los baleares llevamos demasiados años equivocándonos en el enfoque que, desde las instituciones públicas, damos al natural anhelo de que todos los ciudadanos de nuestras islas puedan -técnicamente hablando, "tengan competencia lingüística para"- hacer un uso indistinto de sus dos idiomas oficiales, empleando, eso sí, aquél que en cada momento les plazca o les parezca más conveniente.

No pretendo pontificar, ni mucho menos confrontar posicionamientos en esta materia tan sensible. El debate maniqueo me aburre. Creo, al contrario, que sería deseable que serenásemos todos los ánimos y afrontáramos la cuestión desde una óptica positiva y no desde el plano de la confrontación y la diferencia. Naturalmente, no soy un alien y, por tanto, no puedo ignorar que algunos colectivos, partidos y asociaciones viven de ese absurdo enfrentamiento entre vecinos sobre una base tan endeble como el de la existencia de lenguas buenas que hay que promover y lenguas malas que hay que desterrar. Lo sé, lo entiendo, pero como ninguno de esos colectivos busca en realidad hallar una solución a nuestros problemas, sino perpetuar un conflicto creado artificialmente para justificar su propia existencia, decido obviarlos. No me apetece contribuir a intentar resolver los problemas lingüísticos que tiene nuestra comunidad desde la imposición o desde el encontronazo, porque, además, eso jamás funcionará.

El jamón ibérico o la sobrasada son dos de nuestros productos gastronómicos excepcionales. Sin embargo, si tuvieran ustedes que comer jamón ibérico o sobrassada de porc negre todos los días, como plato único, en las tres comidas principales, acabarían aborreciéndolos. Si, además, fuera el gobierno de turno el que les impusiera esa disparatada obligación, los detestarían desde el primer día.

Con las lenguas pasa algo parecido. Forman parte de nuestro propio ser, de nuestra identidad individual más profunda, construyen nuestros recuerdos, nuestros afectos, nuestros deseos. ¿Será posible que todavía no se haya entendido que la estimación hacia una lengua distinta de la materna solo puede nacer de entornos amables y no de la imposición burocrática? Después de la familia, la escuela es un primer ámbito ideal para inocular el amor por las lenguas: por la que hablamos en casa, por aquellas con las nos entendemos con nuestros amigos, por la que usan aquellos profesores que más nos llegan, por la que utilizan nuestros mitos. Curiosamente, nada ha hecho avanzar más y más rápidamente el conocimiento práctico del inglés entre nuestros jóvenes que las plataformas de series televisivas, que muchos siguen en versión original. ¿Por qué? Pues porque la lengua les entra por el corazón, porque es indisociable de aquella historia apasionante que les ha enganchado.

No soy sociolingüista, sino un simple y humilde observador de la realidad. Pero, lo que sí tengo bien claro es que, o dejamos de cubrir de testosterona, banderas e ideología politica los diccionarios de catalán y de castellano, o jamás lograremos una convivencia armónica en nuestra sociedad para que ésta venere y proteja como un enorme tesoro ese legado extraordinario y cargado de amor que son nuestras dos hermosas lenguas.

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