Resulta bastante ridículo que ARTE, la Asociación Retail Textil España, pretenda vender como modernidad lo que, en el fondo, no deja de ser una operación de recentralización al servicio de las grandes cadenas.
Conviene recordar que ARTE no representa al pequeño comercio, sino a grandes grupos del retail textil y de moda presentes en toda España, entre ellos Inditex, Mango, Primark, H&M, Tendam, Uniqlo, Pepco, Kiabi o Iberian Sports Retail Group, entre otros. Cuando habla ARTE no está hablando en nombre de la tienda de barrio ni del comercio de proximidad, sino de operadores con enorme dimensión nacional e internacional. El preacuerdo estatal lo firmó el 26 de marzo con CCOO y Fetico, mientras UGT y CIG lo rechazaron. Y la patronal insiste en presentarlo como un marco común que ‘elimina desigualdades territoriales’, mejora salarios, reduce jornada y no recorta derechos. Ese es su relato. El problema es que no se sostiene.
No se sostiene porque no es verdad que todo el comercio viva la misma realidad. No es lo mismo trabajar y vivir en Madrid o Baleares que en Murcia. No es lo mismo sostener una tienda en Palma que en Extremadura. No es lo mismo operar desde la escala financiera, logística y contractual de una gran cadena que hacerlo desde la fragilidad diaria del pequeño comercio. Por eso suena tan absurda esa idea de imponer una homogeneidad desde arriba y llamarla equidad. Muchas veces, cuando desde Madrid se habla de “igualar”, lo que en realidad se está haciendo es bajar el valor de lo que algunos territorios habían conseguido defender mejor.
La prueba de que el argumento hace aguas está en la propia reacción que ha provocado. En Baleares, UGT ha denunciado que la salida de marcas del convenio balear hacia el estatal podría traducirse para una parte importante de la plantilla en pasar de unos 21.000 a 18.000 euros anuales. En Galicia, trabajadoras de grandes cadenas como Inditex, Mango, Primark o H&M han ido a la huelga contra ese mismo acuerdo y han resumido el conflicto de la manera más clara posible: “Aquí se trabaja, aquí se negocia”. No están defendiendo un privilegio; están defendiendo que los marcos laborales respondan a la realidad de cada territorio y no a la conveniencia de las grandes empresas.
Por eso lo verdaderamente grotesco de todo este episodio es que quienes menos necesitan protección son precisamente quienes están intentando rediseñar el tablero. Las grandes cadenas no necesitan que se les reconozca una singularidad. Ya tienen músculo financiero, capacidad de presión, economías de escala y margen para absorber costes que una pyme jamás podrá soportar.
Los que de verdad necesitamos convenios adaptados, reconocimiento institucional y medidas específicas somos los pequeños comerciantes. Somos nosotros los que vivimos con el alquiler al cuello, la energía disparada, la competencia feroz y la obligación de seguir manteniendo empleo, barrio y actividad con márgenes cada vez más estrechos.
Ese es el mundo sindical al revés, uno en el que algunas organizaciones acaban bendiciendo un marco que puede ser útil para las grandes cadenas, mientras el pequeño comercio, que es el más débil y el más expuesto, sigue sin recibir el trato diferenciado que realmente necesita. Se nos dice que hay que unificar para proteger. Pero la pregunta es obvia: ¿proteger a quién? Desde luego, no al pequeño comercio.
Los comerciantes estamos pidiendo no competir en desigualdad. Estamos pidiendo que exista un suelo mínimo para todos, sí, pero también que se reconozca que quien necesita oxígeno no es la gran cadena, sino el comercio local. Si alguien necesita menores costes para sobrevivir, no son las multinacionales de la moda. Somos nosotros. Y esa reducción no debe venir de rebajar derechos generales, sino de reconocer de una vez que el pequeño comercio soporta cargas que ya no puede seguir absorbiendo en silencio.
Lo que plantea ARTE no es progreso. Es comodidad para el grande. Lo que se necesita no es uniformidad impuesta, sino justicia competitiva. Y esa justicia empieza por admitir una evidencia que algunos se empeñan en ignorar, los convenios adaptados a la realidad territorial y al tejido económico no son el problema. Para muchos pequeños comercios, será precisamente la única defensa que queda.





