30 de marzo de 2020, 22:37:56
EDITORIAL


La muerte de un gran artesano



Ha muerto un gran artesano, Miquel Pujol Ferragut. Nos ha dejado Miquel des Forn de la Pelleteria, premio Ramon Llull por su lealtad al estilo mallorquín de desarrollar su trabajo durante muchas décadas. Fue fiel a lo que aprendió de sus antepasados para transmitirlo a tantísimos clientes, amigos y amantes del estilo panadero y repostero tradicional de Palma, que se hunde en la noche de los siglos de las generaciones pretéritas, que tanto nos legaron y a quienes tanto debemos.

Vivimos tiempos vertiginosos donde las modas consiguen dejar atrás muchos valores inmemoriales. Además, la producción en serie está consiguiendo dañar el tradicional estilo de la producción artesana. Los entrañables forns mallorquines han sufrido este embate de la modernidad. Muchos resisten, entre no pocas dificultades. Pero otros muchos han desaparecido en las últimas décadas. Miquel Pujol Ferragut se mantuvo fiel a su trabajo y a su deber hasta cumplir los 65 años, dejando un recuerdo imborrable de entrega y generosidad, de amor a su profesión. Dio sentido a su vida sirviendo a los demás. Y este es el mayor galardón, el más alto elogio que se puede hacer a todo ser humano.

Su marcha nos ha de hacer reflexionar sobre a necesidad social de proteger a nuestros artesanos, sean panaderos, pasteleros o de cualquier otra actividad que conserva y enaltece la personalidad isleña.

Sería un pecado que los nuevos tiempos borrasen la obra de Miquel y tantos otros profesionales como él. No se puede consentir. Hay que buscar fórmulas imaginativas para animar a las nuevas hornadas de jóvenes para que muchos de ellos se hagan artesanos. Hay que formarlos. Hay que animarlos a ser autónomos para que nadie pueda interferir en la maestría de sus recetas y sus productos. Hay que conseguir que perviva el gusto por hacer auténticas ensaimadas o cremadillos, o cualquier otro producto que nos identifica, distingue y honra como pueblo.

Se ha ido en Miquel des Forn de Sa Pelleteria, más humano que el azúcar que con tanta maestría manejaba, que supo tratar como nadie a sus clientes, regalando una golosina a los niños de los que acudían a su establecimiento, dando mucho más de lo que recibió. Su vida fue trabajo constante y su principal recompensa la felicidad que sabía transmitir.

Ya descansa en paz. Pero el deber de nosotros, de los que seguimos viviendo, es procurar mantener su ejemplo y ayudar a conseguir que otros jóvenes Miquels recojan su antorcha de cariño hacia su trabajo imbricado en lo más íntimo de nuestra idiosincrasia para que a su vez lo transmitan a las generaciones venideras.

 
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