19 de noviembre de 2019, 4:40:41
OPINIÓN

OPINIÓN | DERECHO Y ÉTICA


Justicia espectacular



Reproducimos por su interés el artículo de Gabriel Albiac publicado en ABC este lunes: El 1 de diciembre de 2005, el Tribunal Supremo de París absuelve a los seis últimos acusados del ‘caso Outreau’. Otros siete habían sido exculpados, en 2004, en primera instancia. La Cour d'Asisses parisina concluye, en 2005, que los hechos juzgados jamás existieron. Entre tanto, 18 personas habían permanecido en prisión preventiva durante cuatro años, acusadas de crímenes pedófilos horrendos. Una de ellos se suicidó en prisión. Todas vieron sus vidas destruidas. Horas después de la absolución final, el Fiscal General pide públicamente perdón. Cuatro días más tarde, es el Presidente de la República quien comparece para pedir excusas, en nombre del Estado. Se inicia la investigación sobre la fuente de un error así. Recuerdo al joven juez instructor, roto ante la comisión parlamentaria. Hace recuento de su currículum brillante. Me enseñaron todo en la Escuela Nacional de la Magistratura, explica. Todo, menos el modo de resistir a una presión social y mediática semejante. El caso estaba juzgado por los televisores, no ya antes de llegar a la vista oral; antes de que el instructor hubiera comenzado siquiera a redactar el sumario. Aquello movió un debate jurídico clave: la presunción de inocencia, sobre la cual descansa toda la juridicidad democrática, se ajusta a las condiciones del siglo XIX, cuando un juez se enfrenta al acusado sin más conocimiento que el que la propia instrucción elabore. “Lo que no está en el sumario no está en el mundo” resume eso. Hoy, cuando un juez instructor llega a su casa, puede, a la hora de la cena, oír en el televisor todos los datos que él ha instruido, más un centón de versiones, verosímiles o delirantes, pero siempre acordes con lo que desea el espectador de una cadena cuyo criterio es el de acumular clientes. Cuando el asunto llega a vista oral, la contaminación de instrucción y sucesivas instancias por las informaciones exteriores es tal que se requiere una inteligencia y una fuerza moral casi heroicas para sobreponerse al popular deseo. Lo sucedido el viernes en España es, pienso, la herida más grave que las garantías judiciales han sufrido en este país de justicia frágil. El mismo día y casi a la misma hora en que un tribunal daba el “visto para sentencia” a un caso conmocionante, en una cadena de televisión, la misma esposa que se había acogido al derecho constitucional de no declarar contra su marido, “confesaba” la culpabilidad de éste ante interrogadores de prensa rosa convertidos en tribunal popular. Con todas las virtudes que un tribunal popular tiene -ausencia de garantía legal, de asesoría jurídica, de cautelas codificadas de defensa…-, una mujer, cuya apariencia da que dudar acerca de su plenitud mental, fue acosada durante no sé cuanto tiempo -con pautadas interrupciones para el pase de publicidad-, hasta que dijo lo que quienes la entrevistaban habían decidido que debía ser dicho… Ver la grabación de aquello no admite calificativo. Sólo exige la intervención inmediata de la fiscalía. Y la pública petición de excusa por parte de los responsables de una empresa que no puede no saber hasta qué punto derecho y ética han sido violados. No es una anécdota. No hay anécdotas en derecho. Sólo violaciones.
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