23 de julio de 2019, 13:48:35
OPINIÓN


Amor en la lavadora

Por Marc González


Tranquilos, no voy a contarles ninguna tórrida escena al estilo de la que protagonizaron Jessica Lange y Jack Nicholson en su memorable versión de El cartero siempre llama dos veces sobre la mesa del obrador de pan. Ya quisiera yo tener las dotes erótico-descriptivas que atesoraba James M. Cain.

La cosa de hoy es más de andar por casa, nunca mejor dicho. El Consell de Mallorca, un año más, penetra en nuestra vida íntima y nos explica las artes de seducción permitidas en el amor moderno e igualitario, gastando nuestro dinero en una campaña multimedia inútil, que, por supuesto, los cafres maltratadores ignorarán, si es que la entienden.

La campaña, dirigida a los ya convencidos y a los entusiastas afectos al régimen del Pacte, y que aboga porque los varones pongamos lavadoras -lo que presupone que no lo hacemos-, no tendrá efecto alguno sobre las conciencias de ningún machista irredento, al que le importa una higa lo que piense Miquel Ensenyat sobre los equilibrios en su relación con su churri.

Pero, además, como ya viene siendo costumbre, es una campaña unilateral, en el que por supuesto no sale ningún hombre reclamando que, además de colonia, su pareja le ayude a montar los muebles de IKEA que compraron el fin de semana pasada en prenda de amor eterno.

Aunque siempre permanece oculto, está claro pues que, en esta historia publicitaria, la mitad energúmena de la pareja es un varón, entendiendo como tal un ser humano de cariotipo XY que no ha pasado por el cedazo de las "nuevas masculinidades".

La realidad, afortunadamente, es más rica que como la imagina la inefable Nina Parrón.

Tengo un colega que es un auténtico fenónemo llenando el lavavajillas. Si hubiera un campeonato mundial, lo ganaría. En cambio yo, por más voluntad amorosa que le pongo a la cuestión, siempre tengo que ceder la colocación final, antes de darle al start, ante la mucha mayor habilidad de mi mujer para este menester, aunque, en mi descargo he de decir que, además de ser el jefe de mantenimiento hogareño, cocino (y ambas cosas las hago cojonudamente, para qué mentir).

También tengo amigas que no saben freir un huevo y amigos que se relajan planchando mientras su mujer sale de pinchos con sus amigotas (si vamos a ser totalmente igualitarios, utilicemos los mismos términos).

Ni mis amigos ni yo, con alguna cursi e inconfesable excepción, acostumbramos a ser emisores ni receptores de regalos por San Valentín, hábito que me parece una gilipollez, como tantas, exacerbada por la voracidad comercial que nos rodea.

Pero, en cualquier caso, jamás se me ocurriría dar instrucciones a mis variopintas amistades sobre lo que deben o no deben hacer con sus parejas para mantener viva la llama del amor o acerca de lo que regalar a cada una de ellas o ellos.

Hay hombres y mujeres progresistas e igualitarios que son unos románticos empedernidos, a quienes la campaña del Consell les parece ofensiva, porque, además, mezcla churras con merinas, porque lo de mirar el teléfono del otro no es un comportamiento machista, sino patológico, lo protagonice un hombre o una mujer. Aquel o aquella que continúe con una relación en la que su pareja le mira compulsivamente el móvil en búsqueda de imaginarias infidelidades, o vive sojuzgado por el miedo o la necesidad -con lo que conviene que busque ayuda cuanto antes-, o es masoquista.
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