19 de julio de 2019, 12:48:48
OPINIÓN


Donde los ángeles no entran

Por Francisco Gilet


Hace días se oyó esta afirmación; «hay tontos que entran en jardines en donde ni los ángeles se atreven a penetrar», Pues bien, según todos los indicios existe un «ángel» que ha osado entrar no solamente él, sino también toda su cuadrilla de falderos, sin recato ni escrúpulo alguno. Fue primero un anuncio a todo volumen, pudiéndose decir más fuerte, pero nunca más claro; ni con mayor presteza, ni con mayor desparpajo. El anuncio era ejecutable en días, luego semanas, después en meses, luego antes de Navidad, ahora, ni por Semana Santa. Los chistes que causó el anuncio y las sucesivas nuevas se comenzaron a seguir con cierta sorna, dado que, ni se cumplían las promesas, ni se ejecutaban las acciones. Todo empezó con un decreto ley, prosiguió con informes, siguió con amenazas, se prorrogó con manipulaciones y, continua, con el corte de suministro económico. Sea como sea, lo cierto es que, el revanchismo populista anunció ― al estilo de Patton y sus M4 Sherman ―, que entraría en el jardín, y, por ahora, no tiene ni permiso para acercarse ni a la valla, ni al valle.

Obviamente, nos estamos refiriendo al Valle de los Caídos, y la sepultura de un general vencedor que permanece allí sepultado desde hace más de cuarenta años. Han pasado gobiernos socialistas, ayuntamientos socialistas, diputaciones socialistas, incluso con mayorías absolutas aplastantes, y ninguno movió un solo papel para sacarlo de su sepultura. Y ahora, el hombre que se escribe libros a sí mismo, que se pasea pavoneándose de empatías reales, mientras lanza loas y alabanzas a presidentes y exiliados republicanos, sigue, erre que erre, en su revanchista deseo; sacar al dictador Franco de su tumba. Después no sabe dónde meterlo, pero eso es lo de menos.

De principio lo que sí ha conseguido es que haya gente que sepa, ahora, quien fue y que hizo Franco. Y picados por la curiosidad, las colas para entrar en capilla del monasterio cada día son más largas, y los visitantes más numerosos, y las flores sobre la losa más abultadas. O sea, a una momia, a un personaje histórico y obsoleto, lo ha resucitado el tonto que escribe libros que no lee, que confunde un místico con un académico y que se cree saber que en Soria no solamente hay un olmo viejo, sino la partida de nacimiento de un poeta sevillano. Ese es el gran hombre que desea repetir y que repetirá si el sentido común no lo remedia. No el suyo, sino el de los votantes. Sin duda alguna, el hombre los tiene, fieles y leales, y está dispuesto a comprar más, sacando a concurso miles de plazas de funcionarios en plena campaña electoral o incrementando pensiones, con dinero que no tiene. Es una nueva modalidad de caciquismo, dejando atrás el decimonónico. Le importa muy poco haber hecho el ridículo con su tesis, con sus plagios, con sus meteduras de pata protocolarias. Al fin y a la postre, lo que le interesa es no tener que cambiar el colchón.

Y mientras se prepara una campaña electoral eterna, y costosísima, ahora resulta que la obra menor que significaba la exhumación de marras, un juez no la considera tan menor, junto con la opinión de dos arquitectos. Es decir, el primer decreto ley, chapucero, no fijaba obligación alguna para la familia del sepultado, ni derecho alguno para el destapador, pretendiendo, ahora, que un simple acuerdo de Consejo de Ministros supla y supere en rango legal a aquel. Y resulta que no solamente no parece tener apoyatura legal suficiente sino tampoco licencia municipal para una obra menor que consiste en exhumar unos restos sepultados debajo de unas losas de mármol, que recubren otra de granito de unos 2000 kilos. Obra menor que no solamente requerirá alguna que otra maquinaria, sino que puede significar un cierto riesgo, como colige un Juzgado de Madrid, paralizador de la licencia, en forma cautelar. Cautela que se ajusta perfectamente a la carencia de urgencia como motivadora del anuncio del hombre del colchón. Lleva cuarenta años durmiendo el sueño de los muertos, y el hombre que escribe libros para su solaz e incienso, entiende que remover la guerra civil, los exiliados, las fosas, los fusilados, los trabajos forzados, a Azaña y a Machado, le dará los votos que su inteligencia es incapaz de lograr, pero sí su caciquismo. Y en todo eso está, mientras ni una sola vez la palabra «Maduro» sale de su boca. Y es que, al hombre del colchón, las dictaduras de izquierdas no le molestan, son las que ganaron la guerra las que le causan arcadas. Al fin y al cabo, su gurú se llama Iván.

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