23 de mayo de 2019, 13:33:10
OPINIÓN


Las consecuencias de este 8 de marzo

Por Enrique Gomáriz


Un balance apretado de los resultados de la conmemoración de este 8 de marzo en España puede describir así: extraordinario éxito de las manifestaciones convocadas, especialmente en Madrid, un seguimiento mucho menor de la huelga general, y una pérdida de transversalidad tanto sectorial como política. Desde luego, este cuadro va a tener consecuencias en los próximos comicios, entre otras razones porque tiene lugar en los albores de la campaña electoral.

Uno de los lemas más repetidos por el comité feminista 8-M es que si las mujeres se paran se para el mundo. Algo que parece bastante lógico a primera vista. El problema consiste en saber si las propias mujeres paran efectivamente. Y ese no parece ser el caso cuando se llama a una huelga de 24 horas (como aparece en la convocatoria) y resulta que la información por sectores es que la inasistencia al trabajo no ha superado el 20% de las plantillas. Los indicadores de movilidad y transporte reflejan también datos muy reducidos, tanto a nivel público como privado. Apenas algunos retrasos en líneas terrestres regulares. Pero si hay un indicador que refleja la actividad económica es el transporte vehicular y en este ámbito la información es palmaria: la DGT señala que el movimiento de acceso a Madrid era de 411. 584 vehículos este 8 de marzo y había sido de 411. 584 el viernes anterior. Es decir, los datos parecen claros respecto a la baja incidencia de la huelga, sobre todo si se tiene en cuenta que estaba apoyada por los dos sindicatos mayoritarios, que no han tenido más remedio que inflar unos datos globales aproximados que nadie se cree.

Sin embargo, muchas de las mujeres que no habían parado en el día decidieron asistir a la manifestación convocada por la tarde. Y en esta ocasión toda la información indica un éxito rotundo: las estimaciones más rigurosas hablan de una asistencia en torno a 350.000 personas en Madrid y cerca de 200.000 en Barcelona, lo que significa casi el doble de las que asistieron el año anterior. Y aunque predominaban las jóvenes con ropas y caras pintadas, hubo bastante diversidad etaria y cultural. También participaron hombres, aunque mucho menos. La presencia de representantes de partidos políticos fue nutrida por parte de Podemos y del PSOE; de hecho, el Gobierno de Sánchez envió 12 de sus ministros a las manifestaciones.

Pero la preparación del 8-M redujo la transversalidad política. El Partido Popular decidió apartarse de la convocatoria y señaló dos causas: la politización de la propuesta y el predominio de un feminismo excluyente. Por supuesto que el comité convocante, Podemos y el PSOE celebraron la decisión del PP. Lo cual muestra que la acusación sobre el uso político de la marcha tenía algún fundamento. La pregunta es inmediata: ¿el feminismo excluye a las mujeres de orientación conservadora? Algo que desde luego resulta una reducción del abanico político presente el año pasado.

El otro señalamiento se refiere al tono general de la convocatoria. Durante la jornada se dieron muestras de la preponderancia de un feminismo radical. Los piquetes de información provocaron incidentes en las iglesias y en algunos de los almacenes y supermercados. La forma en que un piquete enfrentó al líder del PP cuando iba a realizar un acto político tampoco es precisamente edificante. La pancarta decía: “Casado yo te hubiera abortado”. Toda una muestra de sensibilidad y buen gusto. Pero quizás quien más sufrió el sectarismo excluyente fue la representación de Ciudadanos encabezada por Inés Arrimadas, quien ante los primeros insultos (“¡Fuera fascistas de la manifestación!”) comenzó pidiendo respeto, hasta que se hizo evidente de que respeto es lo último que iba a encontrar de quienes las increpaban. Días antes Ciudadanos había emitido un manifiesto y reivindicado a Clara Campoamor como referente del feminismo liberal.

Ciertamente, no se puede identificar el grueso de la manifestación con estas muestras de feminismo unilateral y excluyente. Alguien podría decir que se trata de un movimiento de mucha gente que no responde necesariamente a determinados grupos con los cuales se puede estar más o menos de acuerdo. Pero el problema aparece cuando son esos grupos los que organizan la convocatoria, redactan el manifiesto y lideran la imagen organizativa de la manifestación, marcando su tonalidad expresiva.

En relación con este asunto, el subdirector de la Vanguardia, Enric Juliana, ha destacado los resultados de la encuesta de Metroscopia sobre el apoyo a este 8 de marzo, donde aparece un descenso del apoyo femenino y se muestra “una menor trasnsversalidad en el respaldo a la protesta tanto en términos generacionales como ideológicos. Por edades, continúa siendo casi unánime entre las personas de 18 a 34 años —con un 90%— y muy elevado —del 74%— entre quienes tienen de 35 a 64, pero cae del 85 al 69% entre quienes superan los 65”. La división ideológica también se manifiesta en la encuesta. Es decir, todo parece indicar que una cosa es el éxito de concurrencia en las manifestaciones del 8-M y otra cosa es como se percibe por el resto de la sociedad española. Algo que podrá tener efectos políticos sensibles.

En realidad, una demostración de músculo con expresión tendencialmente unilateral compone un paquete explosivo desde el punto de vista electoral, que puede orientarse en dos direcciones divergentes. Una posibilidad consiste en que se produzca un movimiento deslizante a favor de Unidos Podemos y el PSOE. Podemos lo da por asumido, mientras el comité de campaña del PSOE parece apostar plenamente a esa oportunidad y Sánchez la está utilizando a fondo desde el mismo día después.

Sin embargo, no sería la primera vez que una manifestación muy aguerrida en la calle produce un efecto contrario en el electorado; que mayoritariamente considera que es necesario o conveniente moderar ese proceso y la mejor manera de hacerlo es votando a partidos del signo contrario. Esa posibilidad existe y muchas veces no se expresa abiertamente de inmediato, aunque el resentimiento vaya por dentro, un fenómeno que ha sucedido de forma exagerada en Estados Unidos y en Brasil recientemente.

Todo indica que ambos efectos electorales tendrán lugar, pero la cuestión consiste en saber cuál será mayoritario. Y hoy por hoy no resulta fácil pronosticarlo; entre otras razones porque tampoco está claro cuál será el peso real que tendrá esta demostración feminista en el curso de la campaña electoral que se avecina.
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