22 de agosto de 2019, 5:38:15
OPINIÓN


Memoria selectiva

Por Francisco Gilet


Pablo Iglesias llora, llora ante la fosa en la cual, cree, está enterrado su tío abuelo, muerto durante la guerra civil, se supone. No sabe con certeza si están o no los restos de su tío abuelo, pero, presto a la imagen, llora. Semeja que es de lágrima fácil, con las cámaras siempre presentes, por descontado. Allí, en el llamado Paredón de Paterna, se desarrollaban los hechos, levantar una fosa, siguiendo las directrices de la Ley de la Memoria Histórica, de la cual, algunos, ya empiezan a estar hartos, según se lee en medios de comunicación.

A fin de cuentas, nos hallamos ante hechos, manifestaciones, declaraciones y editoriales que vienen a convertir en realidad el aserto de Orwell; “Para hacer cumplir las mentiras del presente, es preciso borrar las verdades del pasado”. Mientras se llora por un tío abuelo, no resulta difícil recordar que, en aquellos tiempos, la cifra de muertos entre los miembros de la Iglesia católica se elevó a 6832: 282 monjas, 13 obispos, 4172 párrocos y curas de distinto rango, 2364 monjes y frailes (entre ellos 259 claretianos, 226 franciscanos, 204 escolapios, 176 maristas, 165 Hermanos Cristianos, 155 agustinos, 132 dominicos y 114 jesuitas). Y si bien la distribución de asesinatos fue desigual, mencionar que en Barbastro murió más del ochenta por cien del clero no es improcedente.

Y si nos referimos a intelectuales “sacados”; Víctor Pradera Larumbe, asesinado a los 64 años en San Sebastián, el 5 de septiembre de 1936. Manuel Bueno Bengoechea, asesinado en Barcelona el 12 de agosto de 1936. Álvaro López Núñez, leonés; asesinado en Madrid a los 71 años el 30 de septiembre de 1936. O a pedagogos; Pedro Poveda Castroverde, protector de gitanos; asesinado junto a las tapias del cementerio de la Almudena, el 28 de julio de 1936. Antonio Torró Sansalvador, alicantino; asesinado en Alcoy, en marzo de 1937. O a periodistas; Manuel Delgado Barreto, asesinado en las sacas de Paracuellos de Jarama a los 57 años, el 6 de noviembre de 1936. José San Germán Ocaña, redactor de La Nación, asesinado en Torrejón de Ardoz el noviembre de 1936. Joaquín Adán, asesinado en Bilbao el 4 de enero de 1937. O a políticos y politólogos: Rafael Salazar Alonso, Ramiro de Maeztu Whitney, José María Albiñana Sanz, Melquíades Álvarez González-Posada, Ramiro Ledesma Ramos. O a autores teatrales; Luis Carpio Moraga, Honorio Maura Gamazo, Pedro Muñoz Seca, José María Hinojos, Francisco Vega Ceide.

Y así podríamos seguir, sin esfuerzo, dado que, aunque Pablo Iglesias lo ignore, también existió otro escenario, el Matadero de Paterna, aunque no le conviene que sea recordado. Como tampoco le encajan con sus lágrimas, los acontecimientos, que se desarrollaron en aquel recinto, en donde se ametrallaban hasta trescientos ciudadanos diariamente, por sicarios y milicianos republicanos. Y esa verdad, como tantas otras, pretende enterrarse con la misma tierra que surge de las fosas del Paredón de Paterna. Es esa memoria selectiva que produce hartazgo, el cual crece cuando la Alcaldesa Colau coloca una placa recordando la existencia de una checa, la de los paseos, las sacas al amanecer, justo enfrente de la Comisaría de Policía de vía Layetana; o cuando, la alcaldesa de la villa y corte decide homenajear a 335 “chequistas” en un memorial en la Almudena, entre ellos Felipe Sandoval, alias "Doctor Muñiz", jefe de la sanguinaria checa anarquista del Cinema Europa de Tetuán.

Todo anterior y más, no es sino el resultado de un afán de revancha que, al mismo tiempo, permita dejar en el olvido una república que, surgida de la desidia de la derecha, se pretende convertir en la única opción legitima, como patrimonio exclusivo de la izquierda socialista, comunista. Esa es la única memoria que le interesa a Pablo, a Inmaculada, a Pedro y demás personajes selectivos inmersos en la aventura de olvidar el pasado inconveniente, y ensalzar el interesado. Nos hallamos ante una versión del “Haz que pase”, en este caso, la pesadilla de una conquista inalcanzada; hacer de España un satélite soviético, en el cual el Cerro de los Ángeles siguiese llamándose el Cerro Rojo.

Francisco Gilet.
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