15 de octubre de 2019, 19:08:38
OPINIÓN


Tengan cuidado ahí fuera

Por Josep Maria Aguiló


Hoy quisiera hablarles de tres series televisivas de los años ochenta de las que creo que muchas personas guardamos un muy buen recuerdo, «Canción triste de Hill Street»(1981-1987), «A cor obert» (1982-1988) y «Lou Grant» (1977-1982). Todas ellas fueron creadas por la mítica productora MTM Enterprises, que puso en marcha la actriz Mary Tyler Moore a finales de los años sesenta. El logo de su compañía era un entrañable guiño al de la todopoderosa MGM cinematográfica. Si ésta mantuvo siempre en su logo un impresionante león que rugía, la compañía de Tyler Moore mostró invariablemente un tierno gatito que maullaba.

De la mítica «Canción triste de Hill Street», creada por Steven Bochco y Michael Kozoll, podemos decir que era ya especial y diferente desde sus mismos títulos de crédito. En ellos se nos mostraban varios vehículos de policía circulando por unas calles invernales, frías y lluviosas, de una gran ciudad sin nombre, mientras escuchábamos los bellos y melancólicos acordes musicales de su inconfundible sintonía. Ese comienzo nos daba ya un poco la pista de cuál se quería que fuera el tono general de la serie. Algo parecido ocurría con los títulos de crédito de «Lou Grant», en donde veíamos el animado ambiente de la imaginaria redacción del diario «Los Angeles Tribune». En el caso de «A cor obert» —«St. Elsewhere»—, lo primero que veíamos, en primer plano, era un pequeño basurero, mientras al fondo aparecía el algo vetusto inmueble del ficticio Hospital Saint Eligius de Boston. Ello nos hacía intuir que seguramente estaba situado en una zona algo deprimida y que era además un centro siempre necesitado de recursos.

Tanto en «Canción triste de Hill Street» como en «A cor obert» o en «Lou Grant», se nos planteaban en la mayoría de episodios diversos conflictos, en no pocos casos de carácter ético, que como espectadores nos obligaban a tomar partido por alguna de las posiciones que se defendían o por alguna de las soluciones propuestas por los personajes protagonistas. Otra circunstancia novedosa de estas tres grandes series fue que gracias a ellas empezamos a ver casi por vez primera en la pequeña pantalla la exposición de diversas problemáticas sociales, que hasta entonces eran muy poco frecuentes en las producciones de televisión, como la violencia de género, la marginación, la pobreza, el racismo, la intolerancia, los abusos, los conflictos laborales o la corrupción en casi todas sus formas.

Ideológicamente, las producciones de MTM tenían un planteamiento esencialmente liberal, en el sentido de progresista, en unos años en que en Estados Unidos parecía preponderante un firme conservadurismo político y moral, liderado sobre todo por el Partido Republicano. En ese sentido, las tres series citadas buscaban ofrecernos en los ochenta una visión lo más completa posible de la compleja sociedad norteamericana, tanto de la costa este como de la costa oeste. En el caso de «Lou Grant», había el atractivo añadido de que se nos mostraba una redacción centrada sobre todo en el periodismo de investigación y de denuncia. Al frente de ese equipo de atrevidos profesionales estaba el editor que daba nombre a la serie, un periodista algo cascarrabias, pero al mismo tiempo íntegro y sensible, interpretado por un magnífico e inolvidable Edward Asner.

En los guiones de «Canción triste de Hill Street», «A cor obert» y «Lou Grant», fieles al canon del liberalismo progresista norteamericano, había siempre un trasfondo de idealismo y de búsqueda de la justicia social. Una de las premisas de esa admirable forma de entender el mundo es que por muy dura o muy difícil que pueda ser o parecer una situación concreta para determinadas personas o colectivos, a veces es posible encontrar finalmente una salida o una solución mínimamente buena y justa para los afectados. El carácter realista y a veces casi documental de las tres series nos hacía entender también que la bondad, la ilusión o la rectitud no siempre son suficientes para solventar los conflictos y que algunos de ellos acaban siendo finalmente irresolubles. Así lo entendía también el noble y compasivo sargento Esterhaus (el malogrado Michael Conrad), que acababa siempre cada reunión matinal en Hill Street con esta cómplice y lúcida advertencia a todos sus compañeros: «Tengan cuidado ahí fuera».
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