24 de mayo de 2019, 18:03:41
OPINIÓN


El paraíso rural

Por Jaume Santacana


Asturias. En un pueblecito -digamos una aldea para redondear y precisar el término- del interior del Principado; en un rincón hasta hoy dejado de la mano de Dios; en un lugar recóndito y hasta ahora olvidado del norte profundo y lluvioso, se ha producido un lance que, si no fuera por lo ridículo y grotesco, podría convertirse en el hazmerreír del mundo mundial. De todos modos, y por desgracia, lo acontecido no hace más que reflejar -de manera evidente- un estado de cosas que, lentamente, va tomando terreno a la sensatez pre diluviana y a la cordura legendaria del pueblo asturiano o, si lo prefieren y por extensión, del pueblo campestre en general. Que se está convirtiendo en una moda, vamos; eso que hoy llaman tendencia sin sonrojarse ni nada.

El caso: resulta ser, pues, que en este paraje situado en plena naturaleza, con la presencia de escasos supervivientes que intentan trabajar el agro y la cría de ganado doméstico y mayor, se ha instalado un negocio dedicado a la hostelería tradicional, un establecimiento de restauración, empleando el máximo sentido de esta palabra restaurar que no significa solamente la dedicación al yantar y al bebercio si no también al descanso físico del personal, de la clientela. En definitiva, los patrocinadores del invento han tenido la brillante e inédita idea de comprar un antiguo caserón -con hierbajos y tejas quebradas incluidas-, restaurarlo a la manera pija, tipo decorado bodollo, y dedicarlo a lo comúnmente denominado con la deslumbrante expresión “turismo rural”. Estamos hablando de un asentamiento local dedicado a la captación de clientes procedentes de urbes asfálticas y suficientemente polucionadas, cuyos habitantes son apodados como “urbanitas”. Gente que -en la mayoría de los casos- no han visto jamás, en vivo, ni un cerdito, ni un cabrito (dicho sea con todo el respeto), ni un pollo que no tome el sol en un ast, ni una triste vaca lechera, ni un campo de alfalfa ni un sobrio sembrado de cebada. Al personal “urbanita” la va la marcha -sobre todo la nocturna-, las terrazas sonorizadas bajo balcones de obreros dormilones, los espectáculos, las furcias eslavas y la música a tope.

Así pues, visto lo visto, ¡Huston, tenemos un problema! El resultado de la mezcla de “urbanitas” folloneros con campesinos regios, sosegados, reservados y dedicados al cultivo de la Madre Naturaleza no puede ser otro que “la de dios es cristo”. Efectivamente, los clientes del establecimiento rural ya han elevado una queja y, para más inri, una denuncia a quien corresponda, o sea, a la autoridad competente, por el hecho delictivo de haber sido despertados a las seis de la mañana por los gallináceos cánticos matutinos de los pollos, cuando ellos, los del asfalto, se acababan de encamar después de una larga noche de indie y mojitos. Por si esto fuera poco, han interpuesto otra reclamación por haberles sido arrancado de cuajo el sueño divino de la siesta, al haber irrumpido en sus doradas modorras el molesto estruendo de un tractor labrando. Por suerte, este día fatídico, los clientes del hostal rural no fueron perturbados (más perturbados) por una motosierra, una cortacésped, o por el majestuoso y solemne paso de una arrogante cosechadora.

He visto con gran jolgorio un vídeo en el que un pastor de la zona afectada por este colosal absurdo, relata su experiencia y reflexiona sobre el fenómeno concreto. No puedo describirles, por pudor, sus expresiones, sus razonamientos y su diagnóstica del problema. Me tacharían ustedes de grosero. Por contarlo a la manera torera, los comentarios de este pastorcillo asturiano cubrían una clara división de opiniones: unas se cagaban en su padre (en de los “urbanitas”) y otras se cagaban en su madre (en la de los “urbanitas”).

Mientras tanto, la autoridad competente ha ordenado “clausurar” de inmediato gallineros y corrales de la aldea y prohibir, tajantemente, el paso de tractores por los campos.

¡Joder! (bueno, eso será luego).

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