6 de diciembre de 2019, 9:08:39
OPINIÓN


La gran hipocresía

Por Francisco Gilet


Desde hace meses estamos los ciudadanos metidos en una vorágine política que comienza a hacerse insoportable. Los debates, las noticias, los mítines callejeros, las cabalgadas de los arribistas, las carreras de los trepas, los discursos repetitivos y ya insulsos, bombardean al ciudadano, abocándole hacia un precipicio próximo al hastío. Lo cual es tanto como aludir tácitamente a una indiferencia confundible con el pasotismo. Las promesas, las luchas intestinas, el parafraseo, el «postureo» es tan evidente que induce a clamar que pase ya de nosotros este insufrible calvario de campaña electoral. Campaña por lo demás continua en la vida política de este país y la vida cotidiana del contribuyente, que contempla como las promesas se olvidan al segundo de cerrar los colegios. La falsedad es un axioma en el político español. Un maldito axioma que parte de la creencia de que el ciudadano es tonto y traga todo cuanto se le eche.

Ejemplos; a montón. Desde el candidato a alcalde que nos habla en campaña de limpieza, de movilidad, de seguridad, como objetivos, y está dejando una ciudad insípida, sin personalidad, pero con un montón de contenedores llenos de basura, rodeados de trastos viejos, con coches en las aceras, con baldosas levantadas y con todas las paredes y puertas arrollables llenas de grafitis, impunemente pintados. Una falsedad más, de carácter simplemente doméstico.

Hay otra mucha más clamorosa. En pocas semanas, unos presos preventivos por presunta rebelión, sedición, golpe de Estado, tienen permiso judicial para salir de la cárcel, acompañados de la guardia civil correspondiente, entrar en la sede de la soberanía nacional, el Congreso de los Diputados, tomar asiento y, pasmosamente, prometer guardar la Constitución ― por imperativo legal, seguro ―, tomar posesión de su escaño, participar en la elección de la Mesa del Congreso, con la tercera autoridad del Estado, y a partir de todo ello cobrar sueldo con cargo a los PGE, disponer de un despacho, de un Tablet, de un móvil y, posiblemente, ser elegido presidente o vocal en alguna comisión parlamentaria. Sin más comentarios.

Y es que, todo vale. Incluso la muerte. Cuando meses o años atrás, un expolítico estaba políticamente arrinconado, sus leales retirados de la vida política y su historial oscurecido, de repente resulta que su ataúd rebosa de loas, éxitos, triunfos. Amén de resucitar con el ictus letal toda la fraseología que había adornado al expolítico en su vida pública. Entre tales frases estuvo en el top, como se dice actualmente, su afirmación, el 12-M, relativa a que España no se merecía un gobierno mentiroso. En otras palabras, al expolítico, ante el desastre que había acontecido en Atocha, no le importaron ni muertos, ni heridos, sino acosar a un gobierno en estado de shock, aludiendo al engaño y proponiendo y logrando el acoso de las sedes del partido gobernante. El gobierno mentía, y no era merecedor de regir los destinos de la nación. Frase o elegia usada por sus actuales conmilitones socialistas como el cénit de un Fouché de la causa y ejecutivos socialistas. Y con todo el rostro, sin escrúpulo alguno, el rememorar tal enunciado, parece que tiene el don de tapar los plagios de doctorados, las opacidades de gasto en lugar de trasparencia, las promesas falaces lanzadas en la moción de censura, las dimisiones forzadas por fraudes, las proposiciones independentistas tapadas por la mentira, las intenciones veladas por ambiciones personales, los manejos de encuestas electorales, las manipulaciones de los medios televisivos, y así hasta un sinfín de usos y abusos merced a un poder alcanzado desde el engaño y la mentira. Sin embargo, nada ni nadie se ha movido más allá de contemplar el espectáculo de un presidente, capaz de abandonar un pleno europeo, para acudir al hospital donde estaba siendo atendido un expolítico con el cual no se hablaba desde hacia años. La causa no era otra sino chupar «ataúd», con su presencia televisiva. Así pues, este evento sí demuestra que España sí se merece un gobierno y un presidente que cabalgue en la falsedad. Lo lamentable es que ello no le importe a una inmensa mayoría de españoles, los cuales están dispuestos a repetir su voto a favor del adalid de la causa, que no es sino un mentiroso compulsivo, un embustero que no tiene escrúpulo alguno en hacer uso de todos los medios, deshonestos o antiestéticos, para conseguir su fin, alcanzar y mantenerse en el poder. Y si aparte del exultante e insultante «postureo» exhibido, se pudiese hallar un ápice de funcionamiento del intelecto sería un alivio para la ciudadanía. Pero, no, «postureo», selfie, maquinación, manipulación, engaño, tergiversación, uso abusivo de bienes públicos, están permitidos y consentidos. Siempre que vengan de la causa socialista, naturalmente.

Y si no nos lo merecemos, como mínimo lo tendremos que soportar estoicamente. En caso contrario, seremos lanzados por la roca Tarpeya del fascismo, franquismo, xenofobia, homofobia, machismo, etc. O sea, mientras la causa socialista se puede defender por cualquier medio, las otras, deben guardar apocado silencio. La excepción; un preso preventivo acusado de dar un golpe de Estado y un fugado de la justicia por el mismo motivo, sí tienen derecho a proporcionar al mundo un espectáculo televisivo. El primero desde la cárcel y el segundo desde su dorada mansión, en la cual disfruta de su exilio, cobrando 8.000 € al mes. Tampoco hay comentarios.

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