20 de junio de 2019, 5:46:39
OPINIÓN


Palma: cargarse el turismo

Por Marc González


Cada vez parece más claro que la estrategia de la izquierda radical palmesana que anida en fuerzas como Podem, que ha conseguido hacerse con el poder interno en Més per Mallorca, y que es y será imprescindible en cualquier posible gobierno municipal de izquierdas -de ahí la cobarde complicidad del PSIB- tiene un objetivo principal, el de cargarse a todo trance el turismo en nuestra ciudad.

Mientras, a principio de esta legislatura, Cort distraía a todos los ciudadanos proponiendo zarandajas y polémicas absurdas como la del supuesto derribo del monolito de Sa Feixina, en realidad estaba comenzando a desplegar sigilosamente su estrategia turismofóbica, que ya ni siquiera tienen el pudor de esconder sus gerifaltes.

Palma ha pasado a ser la cuarta ciudad más sucia de España, y ello sin contar el exponencial crecimiento de los inmundos grafitis que la rebozan, cuyos autores no tienen ya reparo alguno en plasmar su desorden mental en edificios y elementos patrimoniales de alto valor.

Pero en la Palma progre de Noguera e Hila, ni se limpia, ni se arrancan las malas hierbas, ni se quita pintada alguna, algo que no se cansa de denunciar una organización tan poco sospechosa de derechización como ARCA. En cambio, Cort persigue las terrazas y criminaliza los cruceros y el arrendamiento turístico, que podría constituir una interesante fuente de ingresos para muchos palmesanos, permitiendo en cambio su concentración en manos de potentes empresas extranjeras.

De la movilidad, mejor no hablar, porque aplicando las recetas del pacte -no hacer nada durante cuatro años- hemos conseguido una saturación vial jamás vista, sin que ni siquiera hayan extendido ni un centímetro la red de transporte público por la que dicen abogar.

De la inseguridad en las zonas turísticas, del crecimiento del fenómeno de la prostitución violenta organizada, de la proliferación de esa estafa multimillonaria que constituye el comercio top manta, de las bandas de okupas que minan la convivencia y acaparan portadas, obviamente, no hablan, y cuando lo hacen es para restarles importancia o para, directamente, ponerse del lado del infractor.

La Ciutat que gestiona el Pacte tampoco organiza acontecimiento cultural alguno que tenga el mínimo nivel internacional como para suponer un reclamo para ese turismo de calidad que hemos descubierto que, en realidad, tampoco quieren. Qué lejos queda aquel Festival de Jazz de tiempos del alcalde Ramón Aguiló, cuando el socialismo intentaba abrir la ciudad, no cerrarla a cal y canto haciendo que nuestros visitantes se sientan incómodos.

Y lo peor de esta estrategia suicida es que no solo se molesta y se acaba echando a los turistas para redirigirlos a otros destinos más amables, sino que somos los propios habitantes de Palma quienes, en primer lugar, padecemos la indolencia e incompetencia de quienes nos gobiernan.

Quizás haya llegado el momento propicio para mostrar si consentimos o no tanta ineptitud en la gestión.

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