24 de octubre de 2019, 7:17:07
OPINIÓN


La evaluación educativa

Por Manuel Blanco


Uno de los mayores miedos de los niños que están en la etapa educativa es pasar un examen. El sistema educativo español está diseñado para que los jóvenes estén continuamente examinándose. A diferencia con otros sistemas educativos, los exámenes son prácticamente inexistentes.

Pero, ¿cuál es la finalidad de un exámen? Transcribir en un papel todo aquello que el profesor en clase ha explicado y que el alumno se ha memorizado para contestar de manera correcta la pregunta. Muestra de ello es que hoy en día, muchos alumnos no retienen nada de información más allá de los dos meses posteriores a la prueba. Con ello se está mermando mucho el nivel cultural de nuestros jóvenes; eso que denominamos cultura básica.

Pues bien, esta visión de la evaluación es errónea. El alumno, en este caso, memoriza y replica, pero no aprende. La evaluación tiene que servir para que el alumno adquiera unas destrezas y unas habilidades que le ayuden a resolver problemas del día a día en su contexto social.

Pensar en la evaluación como una prueba memorística no sirve de nada en el contexto filosófico en el que está diseñado el currículo educativo de nuestro país. Si décimos que el alumno es el eje central del proceso de enseñanza-aprendizaje, la evaluación no tiene que recaer únicamente sobre él; es más, el alumno tiene que poder evaluarse a sí mismo y evaluar el proceso.

Si pensamos en que el conocimiento de un niño se transforma en un número, mal vamos. De hecho, aquí, nuestro sistema educativo tiene una incongruencia. Si aplicamos nuevas técnicas de evaluación como son las rúbricas, la evaluación formativa, etcétera, los números deberían desaparecer. El quid de la cuestión es si el alumno es competente o no lo es. Ya decidiremos en mayor profundidad en qué grado de competencia está el alumno. Un alumno puede tener un 10 en historia pero no ser competente para relacionar diferentes periodos históricos o analizar el sistema económico actual y buscar su homólogo en otro período histórico. Pero, sin embargo ese alumno será considerado el mejor de su clase por ese número.

Muchos docentes están eliminando de sus materias los exámenes. Realizan una evaluación diaria del aprendizaje de sus alumnos. ¿De qué manera? Muy sencillo: pasando rúbricas de evaluación sobre los contenidos trabajados en el aula, diagramas, cuadernos de aprendizaje, autoevaluación... Son múltiples las herramientas que la innovación pedagógica pone al alcance de los docentes.

En definitiva, estos nuevos sistemas forman parte de la denominada evaluación formativa. Una evaluación que contribuye a formar alumnos críticos y competentes; pero para ello sólo hacen falta dos cosas. Una, el docente se lo tiene que creer y dos, el docente tiene que cambiar el chip y aplicarlo. Ahora que estamos a las puertas del inicio de un nuevo curso académico, invito a todos esos docentes que leen esta columna semanalmente que se formen en evaluación formativa y lo apliquen. Solo así, verán los beneficios de la innovación educativa..

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