20 de noviembre de 2019, 19:12:50
OPINIÓN


Mallorca sin alas

Por Marc González


Nuestra isla podría estar viviendo el fin de su aviación comercial autóctona. La venta de Air Europa al grupo IAG -predominatemente británico, aunque con participación de IBERIA- y el anuncio de que la aerolínea mallorquina va a centrarse en el desarrollo del hub madrileño del aeropuerto de Barajas, no auguran precisamente el mantenimiento de su actual arraigo isleño.

Mallorca ha visto, desde 1962, nacer y morir muchas compañías de aviación ligadas a la expansión de su negocio turístico. Cierto es que no todas ellas fueron creadas aquí, y muchas ni siquiera eran de capital local, pero operaron como aerolíneas mallorquinas porque en Son Sant Joan estaba su principal negocio, de manera que eran percibidas como compañías de la Isla por los usuarios y, obviamente, por los miles de trabajadores que en ellas prestaron servicios.

La lista es larga y comienza con el inicio de operaciones en Palma de la recordada Spantax, en 1962, que concluyó traumáticamente en 1988. Le siguieron en esa década Air Spain (1967-1975) y Transeuropa (1965-1982). A finales de los años 70 nació Air Berlin, que llegó a tener un importantísmo hub en nuestro aeropuerto y que muchos considerábamos como aerolínea referente hasta su cierre en 2016.

Luego, ya entrados los ochenta, se produjo un nuevo florecimiento, la verdadera época dorada de la aviación mallorquina, con Hispania (1982-1989), Air Europa (1986-), Spanair (1986-2012), LTE (1987-2008), Viva Air (1988-1999), NortJet (1989-1992) y Futura (1989-2008). A comienzos de los noventa, pues, los mallorquines podíamos presumir de tener seis compañías cuya base principal era Palma.

En esa última década nacieron Centennial (1993-1996), BCM (1997) e Iberworld (1998-2013) y, finalmente, Hola Airlines (2002-2010), ya en el nuevo siglo.

Por consiguiente, hasta 13 compañías han nacido y muerto ligadas a nuestro modelo turístico y teniendo su centro de mando en nuestra isla, y ello sin contar otras que, aunque formalmente tenían sus sedes fuera, operaban sobre todo desde aquí, como el caso de TAE o, durante una época, de Canáfrica, al margen de aerolíneas británicas y germanas.

La operación de compra de Air Europa está todavía pendiente del dictamen de las autoridades españolas y comunitarias de la Competencia, pero parece poco probable que comprador y vendedor no hayan ponderado previamente esta circunstancia y no tengan ciertas garantías de éxito.

Lo que resulta indudable es que para el consumidor mallorquín constituye una malísima noticia la desaparición de la competencia entre las compañías españolas que aseguran la conexión con la Península, máxime si las decisiones de ese monopolio pasan a adoptarse desde un Londres extracomunitario. Con todos los ases en la misma mano, el aumento de precios está cantado.

Y ello sin contar con que los planes para la potenciación del hub de Barajas por parte de Air Europa me recuerdan demasiado a lo que supuso el progresivo traslado de Spanair al aeropuerto de Barcelona, pocos años antes de su cierre. Recordemos que Spanair dejó de ser mallorquina para pasar a ser la aerolínea de bandera catalana con base en El Prat.

Naturalmente, las situaciones financieras de una y otra nada tienen que ver. Spanair padeció una nefasta gestión económica, que acabó por hundirla, y Air Europa es hoy una línea seria y saneada con una importante y valiosa red de conexiones con Europa y América.

Solo espero, pues, que a los previsibles efectos negativos para el consumidor mallorquín -que ojalá no se produzcan- no se sumen pérdidas de puestos de trabajo.

Mantengo una especial afección por Air Europa, porque presté servicios en la compañía en sus y mis comienzos profesionales. Fue algo así como mi primera novia laboral, de manera que me duele especialmente que deje de ser 'nuestra' y que Mallorca, después de casi seis décadas, se pueda quedar sin sus alas.

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