8 de diciembre de 2019, 17:25:30
OPINIÓN


Historia de dos mujeres

Por Enrique Arias Vega


Reto a los lectores a que me digan el nombre de la nueva presidente de la Comisión Europea que asistirá a la conferencia sobre el clima de Madrid. Muy pocos sabrán que se llama Ursula von der Leyen. En cambio, casi todos conocen el nombre de Greta Thunberg, la adolescente que ya es la absoluta protagonista de esta cumbre mundial.

Sea cual fuere la ideología de cada lector, admitan que resulta paradójico que se ignore quién es la presidente de la Europa comunitaria, una mujer con más de veinte años de importante carrera política a sus espaldas, mientras se conozca y se admire a una niña de 16 años sin más currículum público que su síndrome de Asperger, una variedad de trastorno obsesivo compulsivo.

Se puede argüir que tampoco tenía en su día demasiados méritos académicos la humanitaria madre Teresa de Calcuta para merecer la atención pública, pero es que la trayectoria ejemplar de toda su larga y fructífera vida contrasta con el brevísimo fogonazo de protagonismo absorbente del que está gozando la idolatrada niña Greta.

No tiene por qué ser culpa suya, por supuesto. Tampoco debe atribuirse en exclusiva a la hábil capacidad comunicadora de sus padres, quienes ya están preparando a la hija menor, Beata, de 14 años, para que pronto tome el relevo de su hermana.

De lo que se trata, en gran parte, es de la creación de mitos espectaculares y mediáticos por parte de una sociedad ávida de figuras a las que admirar. Y no me refiero sólo a la nueva santería musical o deportiva, que al menos se lo curra con creaciones y capacidades que se escapan al común de los mortales, sino a simples figurones de la telerrealidad, como las famosísimas y triviales hermanas Kardashian, por ejemplo.

Es que esta sociedad extremadamente consumista, de valores morales evanescentes, vertiginosa y mudable en su mitomanía, está necesitada de ideologías reemplazables y en rápida obsolescencia. Por eso, para ella Greta representa la frágil caducidad de un presente en mutación y la imagen de ese futuro incierto y azaroso que se avecina.

De ahí el éxito sin paliativos de la marca comercial Greta, más allá del previsor y loable mensaje que ella encarne.

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