23 de enero de 2020, 11:25:10
OPINIÓN


Llamadas inoportunas

Por Jaume Santacana


Sí, lo tengo que reconocer; lo voy a reconocer: estoy hasta los mismos cataplines de las llamadas telefónicas intempestivas, impertinentes e inapropiadas que recibo diariamente en mi aparato móvil. Me parecen un acto de intromisión indebida en lo más hondo de mi personal e intransferible intimidad. Queda dicho.

Se encuentra un servidor, que soy yo mismo -como ustedes, sagaces lectores ya habrán asimilado- profundamente ensimismado ante la lectura de un libraco “mucho interesante” (en puro lenguaje del ínclito don Mariano Rajoy) que contiene la correspondencia literaria entre don Lorenzo Villalonga y don Baltasar Porcel (dos magníficos ejemplos de escritores mallorquines -volumen que recomiendo encarecidamente) cuando, de repente y sin previo aviso, suena el artefacto comunicativo con su insolente e indiscreto estrépito. Dejo, fastidiado, la interesante lectura sobre las relaciones entre catalanes y mallorquines (tema, dicho sea de paso, cautivador) y observo la pantalla del aparato telefónico con cierto estupor, producto de ver escrito en ella la expresión “número oculto”. “¡cobarde!”, que me viene a la mente.

Podría realizar la acción de no descolgar y quedarme tan ancho pero, ¡ay!, mi impenitente curiosidad me puede y mi dedo actúa sin más dilación y se desplaza por la dichosa pantallita para dar acceso a la inesperada e indeseada llamada.

Usualmente, contesto al teléfono con un educado “¿dígame?” pero en casos como el que trato de relatar suelo responder con un simple y barato “buenas”, así, sin signos interrogantes ni admirativos. Con dejadez, con desidia, como provocando. “Hola, Jaime, mi nombre es Hortensia (o Javier, no me acuerdo)” -me espeta, entre ceja y ceja, una anónima voz de la que, en general, sólo se descubre su género y, a veces ni eso. Reconozco una dicción de tonalidad grisácea quebrada, solamente, por un intento de incrustar en ella una cierta y falsa euforia. Entonces, una vez roto el hielo con el casi tuteo familiar y la citación de mi sagrado nombre de pila (bautismal, se entiende), la conversación inicia otro derrotero.

“Mire usted, señor”, que le suelto yo (ante todo, urbanidad y civismo), no estoy en absoluto dispuesto a que me intente vender nada. “Y ¿como sabes, Jaime (¡toma castañazo!) que no estás interesado si no sabes lo que te voy a explicar?”. “Porque no necesito nada de nada, ¿lo tiene claro?”. “Mira, yo te cuento: se trata de un chollo: si contratas una linea con nosotros (X) tendrás más de diez ventajas sobre...”. Ahí le interrumpo, ni corto ni perezoso. “Voy a colgar; estoy leyendo y no son ni horas ni maneras de molestar...”. “Oye, tío, que yo tengo derecho a ganarme la vida, ¿vale colega?”. “Me parece muy bien pero yo también tengo derecho a mi intimidad”. “¿Me va a colgar por que ha notado que soy extranjero, sudaca?”.

Pero yo ya le había cerrado la comunicación. El chaval (o la chavala, ya no recuerdo) se iba encabronando y su dialéctica estúpida y charlatana no me permitió otra cosa que cerrarle el paso. Al cabo de cinco precisos minutos volvía a sonar el teléfono: “hola, Jaime, mi nombre es Laureano (o Gregoria, no sé)...

En otras ocasiones, lo reconozco, me echo al monte y atajo por peteneras, es decir, por una cierta locura irónica o surrealista, depende. Espero a que me digan el objeto de su llamada y “aluego” viro hacia el más puro cachondeo: si me quieren vender un aparato audífono les respondo que me lo digan más alto, por favor...; si lo que me quieren vender son gafas les digo que sin gafas no entiendo bien lo que me están diciendo; si de lo que se trata es de que cambie de compañía telefónica les anuncio que ya tengo un contrato con “ellos”; si me ofrecen vinos o champagne, les contesto con la típica voz arrastrada de borracho... Y así.

Puede que actúe mal y lo siento, pero -en el momento preciso- no estoy para leches y me rijo por la ira. Si la conversación se alarga y me da tiempo a comentárselo, les digo, sinceramente, que soy consciente de que ellos no tienen ninguna culpa, que están trabajando y, por lo tanto, que deben obediencia a las directrices que les marca su empresa pero que, de todas maneras, mi reacción es, indudablemente, contra la perturbación que provoca la política de sus compañías debido al fomento de un consumismo salvaje que repercute en la agresividad ante sus posibles clientes, la poca educación que representa una tal irrupción en la intimidad a favor de sus millonarios ingresos y a la política de actuar como cuervos ante el indefenso consumidor; que no deja de ser un insulto a la capacidad y libertad de los usuarios para escoger sus compras dentro de un mercado competitivo, pero dejando claro que el cliente potencial tiene inteligencia y suficiente libre albedrío para dirigirse a las empresas que -sin molestar- ofrecen sus productos sin interferencias en el hogar.

Mi móvil debería ser -sin lugar a dudas- mi libertad. Ya está bien de tamaños abusos tales como la penetración indebida en la vida personal.

Y así andamos...

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