29 de septiembre de 2020, 14:37:14
OPINIÓN


Víctimas colaterales

Por Emilio Arteaga


El derribo del avión de Ukrainian Airlines al poco de despegar del aeropuerto de Teherán, ha supuesto la muerte de 176 civiles inocentes y un indudable y enorme desprestigio para el régimen iraní.

El suceso se ha producido tras el asesinato por Estados Unidos del general Qasem Soleimane, comandante máximo de la Guardia Revolucionaria, el cuerpo de elite del ejército iraní, hombre de la máxima confianza del líder supremo, el ayatollah Alí Jamenei, y auténtico número dos en la sombra de la república islámica persa y en el contexto de la represalia prometida por el propio Jamenei contra los EE.UU.

Todo el asunto ha sido un despropósito absoluto de principio a fin. Despropósito el asesinato selectivo de Soleimane ordenado personalmente por Donald Trump, que ha estado a punto de provocar una guerra que habría podido inflamar todo el Oriente Próximo y colocar al mundo entero al borde del abismo, que ha sido un acto ilegal contrario a todos los principios de las relaciones internacionales y del que, con toda probabilidad, a medio plazo se derivarán para Estados Unidos más consecuencias negativas que positivas, puesto que debilita su posición y la de sus aliados sobre el terreno, al aumentar exponencialmente el rechazo a su presencia entre las poblaciones locales.

Y un despropósito ha sido también la respuesta iraní. Jamenei prometió una represalia a la altura de la ofensa y, al final, quedó reducida a un ataque con misiles contra dos bases iraquís con presencia de soldados americanos, que no produjo ni una sola baja entre ellos. Para mayor ridículo, la televisión oficial de Teherán anunció que habían muerto 80 “terroristas” militares norteamericanos, información que ha quedado absolutamente desmentida.

Pero el auténtico desastre ha sido que, en la misma noche en que se lanzaban los misiles iraníes, desde la guardia revolucionaria se confundió al avión civil que acababa de despegar de Teherán con un posible misil atacante y se procedió a derribarlo. Y lo que es peor, los portavoces del régimen de los ayatollahs y del ejército negaron rotundamente esa posibilidad, afirmando que se había tratado de un accidente, probablemente por un fallo mecánico y solo al cabo de tres días, y ante las apabullantes evidencias de lo que había ocurrido, han reconocido la verdad.

Irán queda muy desprestigiado. No se entiende cómo se permitió el tráfico aéreo comercial en una zona en la que se iba a producir un lanzamiento de misiles balísticos. Tampoco se entiende cómo se puede confundir un avión comercial con un misil. La competencia de los gobernantes, de los técnicos y del ejército iraníes ha quedado severamente en entredicho.

También la credibilidad internacional de Irán se ha visto afectada. Ahora aparece como un interlocutor no fiable y ha perdido toda la ventaja que la acción absurda e impulsiva de Trump le había concedido. También ha reactivado la contestación y las manifestaciones internas de descontento, que habían quedado paralizadas por la reacción de repliegue patriótico ante la agresión estadounidense.

Y el verdadero desastre ha sido para las víctimas y sus familias. Vidas truncadas, familias destrozadas por la insensatez de unos gobernantes, de ambos lados, a los que no importa jugar con las vidas humanas para conseguir dudosos beneficios estratégicos políticos y económicos. Víctimas colaterales del gran juego de las potencias internacionales.

Justin Trudeau, primer ministro de Canadá, país de donde eran una sesentena de pasajeros del avión y Volodímir Zelenski, presidente de Ucrania, país de donde era el avión, la tripulación y la mayoría del resto del pasaje, han exigido una investigación completa, depuración de responsabilidades e indemnizaciones. Tienen toda la razón, pero será más fácil, relativamente, conseguir las indemnizaciones, que depurar responsabilidades. Irán debería esclarecer lo sucedido, lo que es muy dudoso que haga de forma completa y diligente. Como siempre, algunos funcionarios militares de rango menor serán utilizados como cabezas de turco y los auténticos responsables, las máximas autoridades civiles y militares, seguirán en sus cargos.

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