5 de abril de 2020, 2:47:20
OPINIÓN


El progresismo es para los sediciosos

Por Gabriel Elorriaga


El artículo nº 97 de la Constitución define al Gobierno como una institución potente. “El Gobierno dirige la política interior y exterior, la administración civil y militar y la defensa del Estado. Ejerce la función ejecutiva y la potestad reglamentaria de acuerdo con la Constitución y las leyes.” El diálogo es otra cosa propia de las cámaras parlamentarias y los partidos políticos pero no de un presidente de Gobierno puesto en plano de igualdad con titulares de organismos regionales o municipales. Aquí y ahora se han confundido los papeles.

El presidente del Gobierno dialogó con un diputado de un grupo minoritario en la sede del Poder Ejecutivo. Se sometió a acuerdos oscuros que ponen en cuestión la unidad de la nación. Viaja irresponsablemente a tratar asuntos de Estado con un personaje inhabilitado por los tribunales en mesas sin legitimidad democrática preestablecida. A penas se ha iniciado la XIV legislatura de las Cortes Generales y ya su normal desarrollo está puesto en entredicho por las incoherencias del morador de la Moncloa que vacila entre los chantajes de minorías separatistas y el cumplimiento de sus deberes de defensa del Estado como presidente del Gobierno de todos los españoles. Disfraza como “desjudiciliación” de la política la pretensión de ejercerla con relajamiento de la legalidad. Engaña a todos y se engaña a sí mismo.

No se sabe hasta dónde las pretensiones de Rufián o de su jefe Junqueras condicionan el equilibrio interno de la desigual coalición en que se basa el Gobierno. Su negativa a recibir al presidente provisional de Venezuela reconocido meses antes y el matiz de que lo cumplimentase una ministra fuera de sede oficial y, en cambio, enviar a los pasillos del aeropuerto a un ministro de confianza a cumplimentar a la vicepresidente de Nicolás Maduro, dan la impresión de que no tiene criterio fijo en política exterior y que vacila entre cumplir los acuerdos de la Unión Europea o permitir los compromisos populistas de su vicepresidente segundo. Levantar el veto a las “embajadas” catalanas a cuyo cierre contribuyó con su acuerdo en un reciente pasado demuestra que el desbarajuste en política exterior es comparable al galimatías interior de un Gobierno inconexo e hipertrofiado.

Un consejo hipertrófico de “ministras y ministros” hace pronunciamientos retóricos desde competencias confusas y con funcionarios desorientados de cuerpos desprovistos de sus encuadramientos departamentales, ocupados en cambiar los membretes de los escritos oficiales y de enseñar a gestionar asuntos públicos a dirigentes improvisados. Oriol Junqueras le asusta desde la cárcel con el coco de unos presupuestos imposibles como a un párvulo de la política. Poco pueden hacer los “ministras y ministros” de tres al cuarto cuando no saben si su presidente dirá en Barcelona lo mismo que en Madrid o en Madrid lo mismo que en Barcelona. Si Torra se convertirá en un estadista blanqueado o seguirá siendo el portavoz inhabilitado de un fugado y Junqueras seguirá en la cárcel o se convertirá en el candidato preferente a la Generalidad de Cataluña al frente de un tripartito en que se integre el Partido Socialista de Cataluña. Si todo marcha bien para Sánchez será que marcha mal para España y si todo marcha mal para Sánchez es que España no tiene Gobierno eficaz en la Moncloa.

El reino de Taifas regionales que un deterioro desigual del Estado de las Autonomías está propiciando con la inconsistencia del Gobierno central da la impresión de que un viento cantonalista altera las mentes desequilibradas de los ratones de la política. En este mosaico mal conjuntado en que han convertido al mapa nacional da la impresión de que la Moncloa se ha transfigurado en una autonomía más que se relaciona desigualmente a través de emisarios como el Vaticano a través de los nuncios de Su Santidad. Con tal de sentirse intocable dentro de los muros del recinto sagrado, Sánchez parece dispuesto a todo. Quizá no puede dar un paso fuera de su burbuja de seguridad pero la Moncloa le basta para sentirse poderoso.

Basta con un colchón y un helicóptero y la voluntad de diálogo. El problema es que la autonomía de la Moncloa solo admite diálogos condicionados de los partidos separatistas de Cataluña y el País Vasco. Los demás, desde Madrid a Andalucía, Desde Galicia a Extremadura, desde Cantabria a Castilla, etcétera etcétera, deben ir por la vía reglamentaria del constitucionalismo retrógrado. El progresismo solo es para los sediciosos.

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