23 de febrero de 2020, 6:39:37
OPINIÓN

Opinión mallorcadiario.com


Simpatía y Antipatía

Por Jaume Santacana


De entre la muchedumbre que ocupa el planeta Tierra hay un tipo de humanos que forman parte de un grupo sociológico al que podríamos bautizar como “simpáticos”; y, consecuentemente, existe otra peña empecinada en circular por la vida actuando en plan “antipático”. Es lo que hay: gente simpática y gente antipática.

En el caso que nos ocupa, el origen etimológico de los dos vocablos (simpatía y antipatía) ya ofrece una definición exacta y precisa de su concepto: en cuanto a “simpatía”, esta palabra proviene del latín simpathia que, a su vez, deriva de una idea griega que viene a significar “comunidad de sentimientos” o, simplificando, “con sentimientos o pasiones”. Su antónimo, “antipatía” procede también del latín y antes del griego antipathos, significando anti “a la contra”, mientras que pathos mantiene su equivalente de “sentimiento”.

Nos estamos refiriendo a una de las características humanas más fáciles de enfocar y, a la vez, más simples de detectar. Pocas razones científicas se necesitan para valorar si el carácter de una determinada persona pertenece a la categoría de “simpático” o bien, contrariamente, a la de “antipático”. En general, estas dos especificidades se muestran a simple vista; en cuanto uno vislumbra cualquier persona y se establece una mínima relación (a veces el resultado se muestra aplastante con solo pedir la hora por la calle) uno es perfectamente capaz de catalogar a la dicha persona como simpática o antipática. En ocasiones, se trata, solamente, de descubrir un pequeño gesto, una mirada, una sonrisa, una pose determinada, un tono de voz concreto para clasificar ante que tipo de humano nos encontramos. En otras coyunturas, la operación de situar al individuo en una de las dos casillas que nos ocupan requiere un poco más de tiempo o, por lo menos, un vínculo algo más frecuente o, por lo menos, algo más holgado.

Y ahora, si me lo permiten, voy a dejarme de teorías primarias y de vuelo gallináceo para pasar a un terreno más liviano, más como de comprensión elemental: muy cerca de mi casa hay (como en todas partes del mundo) una tienda llevada por personas de nacionalidad paquistaní. Es -como en todos los otros establecimientos de estas características- un local destartalado, escacharrado y algo desmadejado; tienen, eso sí, prácticamente de todo y a todas horas, también en las más intempestivas. Bien, pues, en mi comercio citado atienden dos empleados, uno por la mañana y otro por la tarde; al tercero -que seguro que existe- no tengo el gusto de conocerlo por actuar en las ya expresadas horas nocturnas. Vean la curiosidad que envuelve sus maneras de ser: el tendero matinal es de un “borde” consumado: ningún “buenos días”, ninguna sonrisa, sin dejar de hablar por el teléfono móvil o con un transistor (a toda leche) retransmitiendo rezos de la que, se supone, que es su religión; no hay, en él, ni un solo rastro de amabilidad, ni de cortesía, ni de gentileza... ni de nada que tenga que ver con la mínima corrección urbanística requerida en un “servidor” público (aunque la empresa sea privada). Ser atendido por este “poste con madera de mala uva constante” es un corte de mucho cuidado. El cliente entra con una sonrisa adecuada y sale con el rabo entre las piernas y un disgusto de mil pelotas. Sin embargo el pan que sirve no está nada mal y, sobre todo, suele estar recién hecho y, aun más, está al lado de casa.

Si uno, en cambio, se presenta en el mismo local a partir de las tres de la tarde se encuentra con otro individuo que, a partir del minuto cero, refleja una manera de ser radicalmente distinta al empleado matutino. Probablemente se trate de dos hermanos (se parecen un huevo) pero su carácter es infinitamente más cálido y respetuoso. Éste, el de por las tardes es un hombre que recibe con sonrisa incorporada -nada pasada, por cierto- y con una afabilidad fuera de dudas. No voy, ahora, a repetir todos los antónimos que conlleva el trato con el matutino para no aburrirles. Se lo pueden imaginar. Una delicia de trato y cortesía comercial. Uno sale del recinto con el rostro alegre y con una visión de la vida positiva e integradora, humanamente hablando.

Total: no creo que resultar simpático sea, sólo, un ejercicio moral que requiera un esfuerzo suplementario. Pienso, más bien, que la cosa va de serlo -de manera harto natural- o de no serlo, por el mismo condicionamiento. El simpático nace, no se hace. Es cierto, eso sí, que algunos de los antipáticos más recalcitrantes que he ido encontrando por estos mundos de Dios son declaradamente vagos, gandules, vamos; y que, para esbozar una sonrisa -mínima, si me apuran- hace falta encarar el rictus sonrisero y muscular y la cosa, no lo niego, pide un ligero esfuerzo.

Confieso, finalmente, que yo tengo una tendencia a mostrarme descaradamente antipático con determinadas personas que, de entrada, no me caen nada bien. MI actitud tiene dos velocidades: primero me muestro borde a parir; y luego, casi inmediatamente, los olvido, los borro de mi sesera.

A parte de esta tendencia, les puedo asegurar que mi menda es un personaje supersimpático con, al menos, el noventa por ciento de mis semejantes. No se puede pedir más.

Con el paquistaní matutino, simplemente, me hago el gilipollas y adiós muy buenas. Él se lo pierde. O yo.

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