7 de abril de 2020, 2:34:58
OPINIÓN


Cuentaimbéciles

Por Jaume Santacana


Ante todo, permítanme que ofrezca mi más sentido y sincero pésame a todos los familiares y allegados que -durante el feroz ataque del maligno virus que nos invade- han perdido a sus seres más queridos. En las gélidas estadísticas que, día a día, aparecen en todos los medios de comunicación, a los que dejaron de vivir a causa del Mal se les denomina “muertos”, vocablo que me parece enormemente injusto; creo que, con una cierta dignidad, se les debería nombrar como “personas” fallecidas. “Muertos” da idea de “montón”, de “cifra”, casi de “ganado”. Feo, muy feo.

Dicho esto -y con el ánimo optimista, si cabe- me viene a la memoria un magnífico refrán que reza: “no hay mal que por bien no venga” (quién no se consuela es porque no quiere).

En el justo momento en que escribo estas lineas (domingo, 22 de marzo del 2020) las cifras que observo en el día de hoy sobre el ataque vírico en España son las siguientes: 1381 personas fallecidas y 25491 hombres y mujeres contagiados. Aterrador, claro.

Dicho lo dicho, me satisface ofrecerles a ustedes otra cifra que me parece estremecedora pero, por otra parte, clarificadora. Me explico: dado que las medidas tomadas por el Gobierno español (discutibles y subjetivas, como todo en este mundo) son suficientemente explícitas, simples y contundentes y se han machacado, a diestro y siniestro, en periódicos, radios y televisiones, resulta que una parte de la población o no se ha enterado o, si lo ha hecho, se ha mostrado reacia o contraria a cumplirlas a rajatabla, como debe ser en una situación de estas características tan violentas y peligrosas. Y ahí va la cifra: 31248 personas han sido denunciadas (algunas de ellas detenidas por desacato) por el hecho de desobedecer las normas aplicadas por el Gobierno en su estado de alarma para intentar paliar el destrozo sanitario y procurar la necesaria protección para todos los ciudadanos.

En este dato que les acabo de ofrecer se encuentra uno de los motivos de mi satisfacción, si se le puede llamar así dentro de lo catastrófico de la vivencia. Que en España -para concretar unos límites- convivían con nosotros una serie de imbéciles ya lo sabíamos; lo que es una cierta novedad para todos es que a esta tropa de cretinos anónimos no se le había puesto nunca, hasta ahora por lo menos, una cifra determinada. Ahí radica la gran noticia: en estos momentos se sabe, a ciencia cierta, que a 31248 humanos que habitan la península (y parte de las islas) ya se les puede calificar de imbéciles, sin tapujos ni generalidades. Y, es más: conocemos la cantidad y, además, podemos saber nombres y apellidos por los datos de las denuncias establecidas.

Otra cosa son los grados y niveles de imbecilidad que se les puede imputar; eso depende de su cerebro: desde la alcaldesa de un pueblo que hace botellón, por la noche, en plena calle con gente bailando y cantando (con micro y amplificador bien visible) hasta los miles y miles de ciudadanos que -avisados a tope de las prohibiciones y las consiguientes multas gordas- se atascan en las salidas de grandes urbes (Madrid, Barcelona, Valencia, etc.- con la intención de largarse a sus segundas residencias en playas y zonas rurales y, de ese modo, contagiar a sus segundos paisanos de pueblos todavia vírgenes del pinchazo vírico. Eso, pasando por la picaresca de pasear veinte veces al perro, de montar fiestas de cumpleaños con amigos o de hacer ;footing en plenas avenidas.

Por todos estos motivos he inventado (y patentado) un invento del que me siento satisfecho: el cuentaimbéciles. Se trata de una pequeña cajita metálica en la que -ante los casos citados- se registra, con inmediatez, el acto incívico realizado junto con nombre, apellidos y domicilio del personajillo llamado a ser, antes de su madurez, un perfecto gilipollas. La maquinita traspasa los datos a Internet para que todo el mundo -vecinos y compañeros de trabajo incluidos- se enteren de quien tienen por compañeros o vecinos de rellano.

En un futuro próximo, los imbéciles declarados (censados como tales) se podrían unir en una asociación o partido político con el objetivo de luchar, comúnmente, por un mundo mejor, un mundo de idiotas certificados, sin medias verdades ni asomo de cretinismo; así, tal cual: ¿no somos imbéciles?, pues a demostrarlo. Se acabó esconderse: “¡Imbéciles, salgamos del armario de una vez!”

De momento, sin embargo, a los 31248 imbéciles declarados se les podría confinar en un rincón de Australia -dónde les sobra terreno y en dónde los británicos, siglos ha, confinaron a sus malhechores- para que dejen de tocar las pelotas a la gente de bien.

A los demás, al resto de la sociedad, a los normales: ¡hagan ustedes el favor de no fastidiar y quédense, tranquilamente, en sus casa, por favor!

Sic transit gloria mundi.
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