5 de agosto de 2020, 0:45:57
PUNTADAS


Con lo bien que estábamos confinados

Por Joan Miquel Perpinyà


Después de tantas semanas de confinamiento, aislados del prójimo, tan ricamente en casa, sin aguantar a clientes, compañeros del curro y colegas pesados, no es extraño que a mucha gente le aflija -es un decir- el síndrome de la cabaña. Con lo bien que se estaba sin soportar a nadie, tirados a la bartola, volver a la cotidianidad se hace cuesta arriba.

La nueva normalidad impone las mamparas de metacrilato. Cuando los bancos se gastaron un potosí desmontando aquellos cubículos de cristal blindado en las que se encerraban los cajeros en las sucursales, ahora todo el mundo ansía tener una, por improvisada que sea, que les proteja del Covid-19. Todo trabajador desea estar metido en una urna, como si fuese un funcionario de Tráfico o de Hacienda, que siempre atienden con un cristal de por medio para que ningún desaprensivo les escupa.

Incluso algunos taxistas han instalado una mampara de plástico que venden en los chinos para estar protegidos de los clientes, sus peores enemigos. Igual que los conductores de la EMT, que hace ya años que están en una pecera a salvo de los usuarios. Alguno hubo que en plena pandemia dejó pasajeros en el aeropuerto porque pretendían pagar el billete en efectivo, como si la gente de fuera tuviese tarjeta ciudadana. Desaprensivos hay a ambos lados de la mampara.

Así pues, es natural que del mismo modo que hay gente que no quiere salir de casa, por miedo o porque están allí mejor que en ningún lado, haya también mucha gente que quisiera no salir nunca del ERTE. ¿Acaso no hay profesores que no quieren ir para nada al colegio o al instituto? ¿Acaso no hay médicos de atención primaria que siguen pasando consulta -sí, lo que ha leído- telefónicamente, sin ver a sus pacientes desde febrero? Los especialistas ya ven a los enfermos pero los médicos de cabecera no. Y encima la Conselleria de Salut lo vende como un gran avance, una mejora sin precedentes. Será para los médicos. Qué horror tener que volver a visitar a los enfermos, con sus historias de dolores y sus hipocondrías. Mejor seguimos en la burbuja. O en la cabaña, tan ricamente.
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