11 de agosto de 2020, 0:24:02
OPINIÓN


Los cinco meses del naufragio

Por Jaime Orfila


La economía española, en cinco meses, ha sufrido un monumental batacazo. La causa, la crisis sanitaria producida por este maldito coronavirus. Este diabólico germen acelular que cambia nuestras costumbres, paraliza el sistema productivo y nos dirige hacia la pobreza.

El severo correctivo económico le está pasando factura a todas las economías del mundo, si bien no lo hace con la intensidad con la que azota a nuestro país. Lideramos, en la UE, la bajada del PIB. El valor monetario de los bienes y servicios finales ha bajado más que en cualquier otra economía europea. Lideramos también las estadísticas de crecimiento del paro.

Podemos identificar elementos productivos propios que nos hacen más frágiles. En especial, los que están implicados con la movilidad de las personas. Sin embargo, no es menos cierto que muchos otros elementos dependen directamente de la forma de gestionar la epidemia.

En esto nos distinguimos de nuestros vecinos y de otros muchos países con los que compartimos vecindad y sector productivo. Cuando analizamos el número de muertos, nos damos cuenta de que tenemos un exceso de fallecimientos sobre las muertes esperadas por cualquier causa, por encima de los indicadores del Reino Unido, Bélgica, EEUU...

Cuando observamos el número de sanitarios infectados, concluimos que ocupamos el liderazgo absoluto.

Estas situaciones son especialmente graves cuando nos enteramos de que hemos tomado decisiones complejas, que afectan a derechos básicos de los ciudadanos, sin basarnos en comités de expertos solventes y transparentes.

En este caso, la dimensión del desliz es doble. Por un lado, por la falta de trasparencia, al no identificar ante los ciudadanos a las personas que deberían estar tomando decisiones con luz y taquígrafos. Por otro, que un tema que tanto daño está haciendo a los españoles, a su presente, a su futuro, y a sus propias vidas, no se sustente en los mejores expertos posibles y a tiempo completo.

Estas omisiones muestran nuestra capacidad desproporcionada en generar desconfianza que se traslada a nuestras relaciones internas y las que tenemos con nuestros vecinos.

La preocupación ciudadana por la duda de si estamos afrontando los actuales rebrotes con la mejor estrategia, los mejores medios, los mejores profesionales y con los mejores resultados, son de las que quitan el sueño.

Que Dios nos coja confesados. Buen finde.

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