11 de agosto de 2020, 0:00:10
OPINIÓN


El epicentro de todos los males se llama Horeca

Por Pilar Carbonell


En estos últimos meses nos hemos familiarizado con un término que personas ajenas al sector desconocían, el canal Horeca: Hoteles, Restaurantes y Cafeterias.

Para la reapertura, aquellos que lo han hecho, han implantado algunos de los protocolos anti Covid más estrictos de los que ha elaborado el ejecutivo español, y salvo en casos aislados, que siempre los hay en todas las disciplinas, por el bien y la seguridad de propios y clientes, a buen seguro que la hostelería cumple. Cuanto más analizo la situación, más me convenzo de que es simplemente un blanco fácil.

Se ha convertido en el epicentro de todos los males. Pero no se engañen, sólo somos los que pagamos el pato.

Se vuelven a alzar voces desde la administración diciendo que se podrían restringir aún más las normas en este sector. Cabe recordar que bares, restaurantes y cafeterías están limitados a un máximo del 75 por ciento, además de mantener una distancia de seguridad entre mesas de un metro y medio.

Me gustaría hacerles algunas comparaciones cotidianas y diarias de lugares públicos a los que acudimos y lo que pasa en esos espacios. Empecemos por el centro médico u hospital. Suele ser un lugar concurrido por personas de todas la edades; unos entran, se sientan; otros se van, y allí nadie limpia sillas entre el ir y venir de usuarios. Por lo general, algunos de ellos acuden con alguna dolencia, podría ser que incluso con síntomas de Covid, pero da igual: ni sillas, ni pomos, ni puertas... Será que las sillas de sala de espera son especiales y se limpian solas.

Pasemos al transporte público, otro lugar con trasiego de población si hablamos por ejemplo del autobús, donde los viajeros suben y bajan constantemente y tampoco se limpian ni sillas, ni barras, ni suelo. Podríamos reparar también en el aeropuerto, donde además de la cantidad de personas se añade el hecho de que normalmente son de distintos países, lugares en los que el virus está afectando de manera diferente. En este caso, sí limpian suelos y baños, pero no las sillas.

Es más, si acude usted a alguna dependencia de la administración pública, un ayuntamiento, por ejemplo, y le toca a usted esperar, algo que no sería extraño, nadie limpiará la silla una vez que se levante, y tampoco lo habrán hecho antes de que usted la ocupara.

Entonces, a ver si lo he entendido bien: no vamos a limitar el número de pasajeros en los aviones, porque eso llevaría a las compañías aéreas a la quiebra; no limpiamos dentro de los autobuses, ni vagones de metro y tren, porque nos llevaría a modificar el concurso público de limpieza y encarecería esos servicios, que acabaríamos pagando los usuarios en forma de incremento en el precio del billete.

Pero, ¿quién creen que paga el coste de las medidas adicionales de limpieza en los establecimientos de hostelería? ¿Quién creen que sufre las consecuencias de las limitaciones de aforo y, por tanto, la facturación de los locales? ¿Qué creen que le pasará al sector de la hostelería si le seguimos apretando la soga? La respuesta correcta es que pagan los empresarios, y de seguir así se verán abocados al cierre. Pero hagan sus apuestas.

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