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El decreto salomónico de la “Dra. Pajín”

Por Nieves de Meer (*)
viernes 30 de septiembre de 2011, 12:46h
Acerca de la polémica desatada recientemente sobre la necesidad de contar con especialistas en Medicina de Urgencias, me gustaría hacer un poco de memoria histórica para explicar cual es el problema. En esta guerra hay cuatro sociedades científicas en liza: La Sociedad de Medicina Interna, la de Cuidados Intensivos, la de Medicina de Familia y la de Medicina de Urgencias y Emergencias. Las dos primeras, desde mi punto de vista, no están encaminadas en ese sentido, porque su formación, altamente especializada, no contempla disciplinas como la pediatría, la traumatología, la oftalmología, la psiquiatría o la otorrinolaringología, -entre otras-, patologías que son el pan nuestro de cada día en los servicios de urgencias. De hecho, lo normal es que estos especialistas no tengan ningún interés en trabajar en urgencias. Según el planteamiento de la SEMFYC (Sociedad Española de Medicina Familiar y Comunitaria), la formación que tienen sus especialistas es adecuada y suficiente para desarrollar su labor en los servicios de urgencias, tanto hospitalarios como extrahospitalarios. Sin embargo, según la SEMES (Sociedad española de Medicina de Urgencias y Emergencias), el hecho de que la Medicina de Urgencias tenga un campo de acción diferente del de los centros de salud y un cuerpo doctrinal propio, es motivo suficiente como para crear una nueva especialidad. Pues bien, ambas sociedades tienen razón. Si bien es cierto que los médicos de familia están perfectamente capacitados, también es cierto que, en general, su vocación no está dirigida hacia las urgencias, con lo cual, la mayoría de ellos, antes o después, acaban marchándose a Atención Primaria. Eso hace que sea muy difícil, sobre todo en hospitales pequeños y en el medio extrahospitalario, contar con plantillas estables de profesionales que vocacionalmente elijan esta opción tan estresante para toda la vida. El hecho de contar con una especialidad, obligaría a la Administración a contratar personal con la formación adecuada, y a los profesionales que trabajan en ese medio y que quieran seguir en él, a formarse para conservar su puesto de trabajo, y al final, quien saldría ganando sería la población. No hay que olvidar que población somos todos, los profesionales y los políticos también. Que nadie está libre de tener un infarto o un accidente en la carretera, y que en este tipo de situaciones en las que son vitales los primeros minutos, no sirven las prebendas ni las recomendaciones, ni lo bien dotadas que estén las UCI de los hospitales, sino se cuenta con profesionales cualificados en primera línea de fuego, a los que les guste su trabajo. Es evidente que nuestra ministra de Sanidad no se ha planteado esta reflexión al publicar un decreto en el que da el visto bueno a la especialidad, pero para ello obliga a contar con un título de Medicina de Familia, Interna o Intensivos, o sea, entre diez y once años de formación, para después volver a pasar por el MIR y realizar otros cuatro años de residencia, para, al final, tras quince años de estudios, muchos de ellos innecesarios, obtener el título de especialista. La segunda vía consiste en demostrar siete años de trabajo en urgencias, independientemente de la formación, pero no da tiempo a los que llevan menos años, con lo cual quedan fuera de juego para toda la vida por muy bien formados que estén. Este modelo, aparte de carísimo, es absolutamente inviable y no resuelve el problema real, pues, por una parte cierra la puerta a muchos profesionales, y, por otra, no les obliga a demostrar con qué formación cuentan, que es tan importante como la experiencia. También es evidente su desconocimiento de la realidad. Hay que tener en cuenta, que, si bien hoy en día la formación en Emergencias ha tenido un auge importantísimo, durante años infinitos ningún Servicio de Salud se la planteó siquiera, y todos nosotros nos tuvimos que formar a pesar de ello, invirtiendo nuestro dinero y nuestro tiempo libre, sin obtener a cambio ningún tipo de reconocimiento ni título oficial. Sólo nos servía para dormir tranquilos las noches que no teníamos guardia. Al no existir la especialidad, no existía oficialmente la formación, pues ésta se obtenía a través de sociedades científicas privadas, y, por lo tanto, no era oficial. ¿No sería mejor y mucho más práctico oficializar esa formación y dar unos años a los profesionales que no cuenten con ella para que la obtengan, y a partir de ahí y excluyendo solamente a los que no hagan los deberes, plantearse un MIR específico o con dos años comunes con Familia? Pero está claro que a la “Dra. Pajín” le dieron el título y el Ministerio en una feria. (*)Médico de Urgencias
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