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Muerte y Administración

miércoles 18 de abril de 2012, 07:17h

Desde hace algunas semanas, pretendo escribir unos comentarios sobre una práctica social que no es santo de mi devoción; ahora, no voy a reventar el contenido. En su momento, si llega, revelaré mis intenciones que, por otro lado, no se crean, no son nada del otro mundo.

Y no consigo redactar cuatro líneas sobre el tema que me preocupa, no porqué no lo tenga claro, si no por aquella tontería, aquel tópico, de que la realidad supera a la ficción.

Un momento de atención, por favor: un amigo mío, de nombre Miguel, listo, o sea preparado – que listo, también - para cumplir los 65 años (sesenta y cinco) se dirige a la Seguridad Social con el objetivo de que le informen sobre cual será su pensión; o sea que de cuanta pasta podrá disponer el día de mañana, un día, ya, muy cercano. Parece ser que no pueden – o no saben- calcularla al momento, y le notifican que por correo postal (¿Quéeee?, ¿comoooor?) le comunicarán el importe exacto. Nota: afortunadamente, han desestimado notificarlo via “tam-tam” o bien con “señales de humo”, métodos, ambos dos, de una eficacia comunicativa –como todos ustedes saben- arrolladora, a la par que contundente. Miguel, mi amigo, finalmente – a su debido tiempo (el tiempo requerido por la burocracia funcionarial de hoja perenne)- recibe la información requerida. Pero resulta que, mi amigo Miguel, se hunde (no voy a decir como el “Titánic”; por si alguien se lo esperaba…)cuando observa que quien firma el escrito (abróchense los cinturones) es el Subdirector General de Jubilación, Muerte, y Supervivencia. Sic. Tal cual: de jubilación, muerte, y supervivencia (ahora lo he escrito en minúsculas para intentar quitarle aire al asunto y darle, a su vez más veracidad). Esta tan gráfica y magníficamente bien titulada subdirección general situa su dependencia organigrámica a las órdenes del todopoderoso INSS, Instituto Nacional de la Seguridad Social.

En Baleares, el funcionario encargado de tales brillantes menesteres existe, auténticamente, y lleva por nombre don José María Solera (no me hagan chascarrillos, por favor) Ordis. Don José María (en términos
funcionariales) nació en la preciosa Cuenca en 1962 y, actualmente, tiene fijada su residencia en Palma. Es licenciado en Psicología y Criminología (claro…) y cursa estudios de Economía. Perteneció, brevemente, a Ciudadanos y es coordinador del Comité Electoral Local Palma Centro, por UPyD. En las últimas elecciones generales, fue número dos en las listas.

No se yo si al Sr. Solera le hace mucha gracia el cargo que le encomendaron en su día. Supongo que, en todo caso, en los momentos en que ejerce su responsabilidad, debe ser lo bastante “vivo” como para, como mínimo, poner una cierta cara de circunstancias. Es decir: un subdirector general de muerte no puede –no debe- ir por ahí riéndose a carcajadas, ni mostrar ningún tipo de regocijo, ni tan solo lanzar sonrisas a troche y moche. En casa, con sus íntimos, puede que intente olvidar el cargo; pero, así y todo, una pátina de seriedad en su rostro debe ser inevitable para mantener y marcar una línea de respeto y dignidad hacia su prole que, bastante coña tienen que aguantar en la escuela cada vez que otros niños o profesores les preguntan en oficio de su padre.

Miguel, mi amigo, sabe que –en un plazo no muy lejano- va a dejar de existir (el le llama morir a eso) pero cree, firmemente, que no hace falta, que no es necesario, recibir escritos oficiales, firmados por un tal “subdirector general de la muerte”…Le parece algo cruel, la verdad…

Es una cuestión de tacto, de acuerdo… y la Administración no tiene porqué tener ni tacto ni sutileza alguna, ni nada que se le parezca, con el administrado. Pero, digo yo (y mi amigo lo corrobora) no podría haber
recibido, Miguel, el mismo texto con la firma de un ¿“Subdirector General de Beneficiarios de Pensiones Bien Merecidas”?

 

 

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