Necesitan el pacto de Estado

La embestida de los partidos nacionalistas catalanes intentando conseguir la independencia ha pillado a contrapié en Madrid a las cúpulas de los grandes partidos y de las instituciones del Estado. El anuncio de las preguntas sobre la consulta soberanista e independentista ha provocado todo tipo de reacciones en contra en la azorada capital, pero todas ellas deslavazadas, sin coherencia ni cohesión, cada una por su lado.

Mientras, el frente del soberanismo avanza unido y con una estrategia calculada al milímetro, al parecer hasta sus últimas consecuencias: la declaración unilateral de independencia.

La fuerza de los nacionalistas catalanes es la desorientación de las altas instancias radicadas en Madrid, que han perdido la iniciativa. Rajoy dice la suya, Rubalcaba hace lo propio pero desde otra óptica (federalista) y la Jefatura del Estado sigue sin cogerle el pulso a la coyuntura, sin reaccionar. A su vez, el ala más dura de la derecha capitalina se nuclea en torno a los segmentos políticos y mediáticos que aún siguen fieles a Aznar en una estrategia de la confrontación frontal y directa con los catalanes. Así, mientras en Catalunya el fuego está controlado y perfectamente dirigido, en Madrid, de momento, sólo hay humo que se esparce en todas direcciones y hace irrespirable la confusión.

Además, la capital vive obsesionada por los escándalos. Parece que querrían arreglarlo todo a partir de escandaleras que acaban en los juzgados (Bárcenas, UGT, Cristina de Borbón y constantes invectivas contra la família Pujol), cuando no han comprendido que estos terremotos debilitan el liderazgo de Madrid y del poder central.

Ante esta tesitura, y objetivamente, necesitan un pacto de Estado con mayúsculas y a tres bandas: Corona-presidente del Gobierno-jefe de la oposición. O se articula este acuerdo y se da imagen de solidez democrática unidireccional, o el empuje del independentismo catalán no hará otra cosa que crecer. No hay espacio de entendimiento. Los puentes están rotos. Y como sigan así las cosas, tal vez de manera irreversible, al menos en estrictos términos democráticos de diálogo y comprensión.

Este pacto de Estado podría pasar, en teoría,  por un Gobierno de concentración a la alemana entre los dos grandes partidos con el abierto apoyo de la Corona, para reconducir la situación y restablecer el diálogo con la Generalitat desde una postura de firmeza y convicción. Naturalmente, esta postura contendría mucha generosidad hacia los catalanes, huyendo de prepotencias, amenazas y chulerías propias de débiles, y apoyándose en la magnanimidad de los fuertes dispuestos a mantener la unidad de España pero ayudando en todo momento al Principado a salir del  atasco económico en que se encuentran.

Para ser efectivo, este pacto de Estado ha de superar años de escándalos mediáticos partidistas, de guerras en los juzgados de unos contra otros, de identificación de España con la corrupción, con una población desmoralizada, con la imagen internacional por los suelos,  con una supeditación vergonzante a los dictados de Bruselas. Hay que reconducir de cabo a rabo o caer en la disgregación imparable. No hay otro camino lógico e inteligente. O Madrid deja de ser un espectáculo interminable o perderá el tren de la Historia.

Salvar la situación se llama pacto. Y quien no quiera verlo continuará a remolque del empuje catalán y  seguirá arrastrándose hasta el precipicio del resquebrajamiento del Estado.

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