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Los hechos son testarudos

martes 05 de mayo de 2020, 04:00h

Los hechos son testarudos, la verdad es que lo son. Ante determinadas evidencias resulta muy difícil argumentar sin acudir a la mentira o al azar; apelar a la mala suerte también es un socorrido recurso cuando, ante unos hechos testarudos, no somos capaces de argumentar de manera de inteligente. Son simples justificaciones.

Se atribuye a Josep Melià la frase siguiente: “Las cosas pasan siempre por algún motivo; aunque lo desconozcamos, siempre hay una causa”, y estoy completamente de acuerdo con la misma; hace demasiados años que no creo en las casualidades ni en la suerte. Por suerte, te toca la lotería, pero no te curan una enfermedad, escribes una novela o ganas un pleito. Detrás de los ejemplos hay ciencia, perseverancia, estudio y esfuerzo, nunca casualidad.

Muchas veces, las cosas pasan porque nosotros ponemos empeño en que salgan de una determinada manera, nuestro empeño descarta tanto la buena como la mala suerte.

Dicho cuanto antecede, tenemos que sacarle un provecho. España, en relación al covid 19, no tiene los peores números del mundo por casualidad, los tiene porque nos hemos empeñado en hacer las cosas mal, nos hemos esforzado en hacer las cosas mal para que el resultado fuese, como es lógico, malo.

La realidad es que, desde hace un tiempo, los políticos, aquellos que deciden qué se hace con nuestro dinero, son de un perfil intelectual, cultural, educado, elegante, expresivo, ideológico, mucho más bajo de lo que era habitual, y ese es el `punto de partida para el gran fracaso.

Se dijo, no recuerdo quién, que en España cualquiera podía llegar a Presidente del Gobierno; esto, como demagogia del principio de igualdad, no está mal. Lo que no nos dijo es cómo sería su gestión. Ahora que tenemos a un cualquiera en la presidencia del Gobierno, ya sabemos cómo es su gestión; eso sí, se ha cumplido el principio de igualdad.

Cuando ponemos a un 'cualquiera' a los mandos, o lo confiamos todo al azar, que no existe, la consecuencia lógica y normal es que nos estrellemos, como está pasando estos días.

Pero el problema no viene de ahora, el problema viene cuando ponemos a los mandos a personas que no han trabajado en su vida. Empezaron militando en las juventudes de un partido, estudiaron una carrera en el mejor de los casos, y después fueron asesores, directores generales o cualquier otro cargo. Esta gente que no se ha hecho la calle en busca de trabajo, que no ha demostrado su valía personal en ninguna profesión u oficio, es la que está pilotando. Gente que necesita la política para comer a final de mes. Hemos creado monstruos que harán lo que haga falta para continuar en la moqueta y poder pagar la hipoteca del chalé una vez salido de Vallecas; y si deja de pagar, el banco es un criminal, ya que le echa de su casa, una casa que, de no mediar la política, quizás no se podría permitir.

Volvamos a esa mediocridad, esa que decide reducir el gasto sanitario para fomentar la propaganda al más estilo Goebbels y, así, crear un torrente de opinión a su favor, como puede ser regar de millones las televisiones privadas y secuestrar la pública para que sólo haya una verdad, la oficial. Esos mismos son los que en los últimos años dejaron sin existencias los almacenes hospitalarios de los equipos que estos días han sido tan necesarios. Por eso tenemos tantos sanitarios enfermos, el criterio de compra o de gasto del presupuesto se ha desviado hacia cosas banales debido a la mediocridad de los que decidían.

Ante esa evidencia hacen lo que hizo el señor Palomino, y anteriormente la consellera del ramo, acudir a la mentira. Pero los hechos son testarudos, no había equipos sanitarios y, además, los hemos pagado más caros debido a su escasez en el mercado internacional.

De esta situación de pandemia debemos salir aprendidos; debemos tener a los mandos de nuestra nación a los más capaces, los que decidan tener los mejores equipos, los que no necesiten la propaganda para cubrir sus inseguridades, los que sepan hacer compras internacionales sin que les tomen el pelo los chinos. Gente formada, con criterio, con argumentario, y que no necesiten rodearse de un ejército de asesores políticos igual o más mediocres que ellos, sino que confíen en los cuerpos de funcionarios de la administración, auténtica élite intelectual en muchos casos.

Hoy me ha prestado el título un monstruo, una de las personas que más daño han hecho con sus ideas sectarias a la humanidad, pero que si la sacas de contexto puede resultar un título resultón; hoy me presta la frase el padrecito Lenin. Que pasen un feliz martes de fase cero, pero que es la uno.

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