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Por qué el 15-M será malo

lunes 13 de junio de 2011, 18:17h
El sentido común más lúcido les asistía. Su diagnóstico sobre los problemas sistémicos de España no podía ser más certeros. La forma de revindicarse parecía la única posible en un modelo de poder endogámico como el actual. Y la mayoría de españoles simpatizaron con el movimiento. Pero, ¿Qué ha fallado? Ha fallado que la forma ha acabado siendo más fuerte que el fondo. Es decir, que ha llamado más la atención el hecho de la acampada, que un consenso sobre los puntos más básicos que defender. La llegada de hippies populistas a las plazas, atraídos por el modo de la protesta, ha terminado por alejar del movimiento sus argumentos germinales. La irrupción de perroflautas ha llenado de utopías y de clásicos pacifistas las pancartas de las plazas. Se ha perdido así la oportunidad de concreción y síntesis que reclama cualquier movimiento para ser fructífero. Y la degeneración de la protesta ha tenido su clímax con la escalada al balcón de Cort de tres de los más claros exponentes de por qué el 15-M se ha diluido. Sus primeras declaraciones tras salir del calabozo han sido las típicas frases para ganarse el jaleo de a quienes tenían detrás. “Lucharemos por un mundo más justo”, bla bla bla, algo contra lo que nadie puede estar en contra, pero que a diferencia de los detenidos, los inspiradores del movimiento acertaron en explicar cuáles deberían ser sus primeros pasos concretos. Por ello, lo mejor que le ha podido suceder a quienes defienden las proclamas del 15-M es el anuncio de su retirada de las plazas. En otras palabras, que el fondo vuelva a ser más fuerte que la forma, de manera que se ahuyente a quienes precisamente no hacen más que espantar al ciudadano medio mayoritario. Y que las conclusiones no se tomen en búsqueda del aplauso de la masa. Las ideas del movimiento cobrarán así fuerza de nuevo. Sin embargo, los que se han estado aprovechando del 15-M se han despertado y se sienten más que nunca con licencia para todo. La consecuencia es que los altercados en la calle disuadirán a los políticos de las reformas que son necesarias para que mejore la situación. Los citadas reformas necesarias implican despidos de funcionarios y una reforma laboral que fomente la contratación. Es decir, lo que a cualquier precio y con demagogia van a tratar de impedir los ‘aprovechados’ de los ‘indignados’, sin altura de miras como para comprender que lo mejor a largo plazo es lo más doloroso en el corto, y que el largo plazo son muchos corto plazos.  
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