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¿Es viable una nueva IB3 hiperlocal, con el 25% del presupuesto original?

sábado 20 de agosto de 2011, 23:38h
Algo no es muy normal cuando se tiene que negociar en pleno mes de agosto, momento en el que normalmente la vida política está paralizada. Se trata de la negociación entre los partidos políticos del Parlament para en el nombramiento del director general de IB3, según la ley en vigor. Menos normal es que la ley diga que hay que llegar a un acuerdo entre las fuerzas mayoritarias, entendido como una deseable garantía de consenso político en la dirección del ente  pero que, si este acuerdo no fuera posible, pasados seis meses se hará lo que quiera el Govern. En realidad, se trata de una ley bastaste deficiente, como se puede ver. La ley de IB3, aprobada al final del anterior mandato parlamentario, o sea este mismo año, es una norma que en los ochenta hubiera sido avanzada, en los noventa habría estado a la par de las de otras regiones, pero que en 2011 es una pieza de arqueología legal, centrada en una concepción superada de lo que es la televisión y, en general, la producción audiovisual. Absurdamente orientada al pasado, escrita por quienes se criaron escuchando la voz del No-Do y tarareando Verano Azul, la ley balear parece ignorar que ya no hay monopolios televisivos; que la oferta se ha multiplicado de tal forma que el cinco por ciento de audiencia de IB3 es un logro plausible; que hoy ya hay unos diez millones de españoles que miran televisión regularmente por Internet, a la carta, según sus deseos; que ya se están vendiendo televisores que permiten conectarse y ver la televisión por la red y que Youtube y sus clones han logrado acceder a mercados muy significativos. Es una ley que aparenta confundir dos conceptos claves: por un lado la producción de contenidos audiovisuales y, por otro, la titularidad de una estación de televisión. En un momento del pasado, ser capaz de difundir masivamente contenidos audiovisuales era un reto casi infranqueable, sólo al alcance del Estado. Hoy, en cambio, lo importante, lo valioso, lo que merece apoyos, es crear contenidos, dado que distribuirlos es relativamente sencillo. Así, con esta ley que no parece muy afortunada, el nuevo gobierno está buscando un nuevo director general, en un contexto en el que se ha anunciado que se quiere recortar otro 50 por ciento del presupuesto. IB3, que había empezado gastando unos 120 millones de euros anuales, ha quedado en 60 y ahora se anuncia que sólo va a disponer de 30 millones de euros. En obvia concordancia, se anuncia que se trata de hacer una televisión aún más local, aunque da la impresión de que con los escasos recursos que se destinarán sólo podrá informar de lo que pase en Santa Ponça, donde está la sede. En mi opinión, podemos perfectamente reducir un coche de cuatro a dos ruedas, le podemos quitar la mitad del espacio a un hipermercado, pero lo que vamos a conseguir es otra cosa, válida, pero otra cosa, llámese moto a supermercado. Con IB3 sucede lo mismo: claro que podemos recortar otro 50 por ciento de gasto, pero el resultante no será una televisión autonómica, sino que será un canal local, una televisión de barrio, de esas en las que desde el maquillaje hasta la iluminación  tienen un registro de improvisación que no sabemos por qué, pero el espectador detecta al instante. Es decir, condenaremos a la emisora, a la cadena, a una vida clandestina, marginal, con unos ratings que serán acordes con lo que se ofrezca. Esta orientación se confirma en el proceso de búsqueda de un director general, cargo para el que se ofrecen 54 mil euros anuales, brutos. Lógicamente, siempre vamos a encontrar quien acepte este cargo por este dinero, pero esto no debería hacerse así: un profesional que demuestre capacidad para dirigir un ente de este nivel, que sepa gestionar un equipo que puede estar en las 300 personas, con varios modelos de operaciones simultáneos, que tenga experiencia demostrada en puestos de este tipo, vale mucho más que ese dinero. O hay alguna circunstancia especial que lo explique, o también nos estamos garantizando que vamos a tener al frente de IB3 a alguien que tendrá buena intención, pero poco más. Y, sin embargo, una visión más actualizada de este marco permitiría hacer muchas cosas con 30 millones de euros. Todo pasa por tener claro que lo importante no es emitir sino producir, lo importante es promover ideas para crear contenidos audiovisuales, para los que hay un exceso de canales de distribución, desde las decenas de cadenas de televisión, hasta los múltiples accesos y formatos en Internet. Una política profesional de promoción de estos contenidos, con una visión a largo plazo y despolitizada podría dar lugar a la creación de una escuela de trabajo en esta línea, capaz de atender lo que parecería que se pretendiera. Baleares necesita, por supuesto, una industria audiovisual, pero que sea capaz de vender productos en los mercados, a las innumerables televisiones dispuestas a comprarlos; necesita que alguien documente con estas técnicas su vida, su historia, sus sociedad, sus cambios constantes, con una calidad digna de ser vistas. Y eso bien se merece de un impulso. Pero, sin embargo, todo apunta a que vamos a seguir gastando en dar un canal de televisión, uno más en un montón, hasta que más tarde o más temprano alguien diga que no se puede aguantar tanto gasto para tan poca audiencia. Y entonces no tendremos ni estación de televisión ni habremos promovido la creación de productos audiovisuales.
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