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¡No se lo digas a nadie!

miércoles 04 de julio de 2012, 08:55h

Estoy realmente “jarto” de tanta tontería con esta historia de la confidencialidad.

Existen personas que circulan por el mundo soltando “secretos” a diestro y siniestro. Son como profesionales del secreto. Suelen ser individuos que, en medio de una conversación, de un diálogo a dúo - valga la casi redundancia -  en un momento determinado, aflojan el volumen de voz, adornan el tono con una especie de sordina y con un ligero gesto de acercamiento físico, lanzan unas palabras claramente dirigidas, directamente, al oído del interlocutor de turno.

El tipo, entornando discretamente los ojos, suelta una serie de frases destinadas –sin lugar a dudas- a sorprender la atención del oyente ocasional. Se inicia un proceso, una rutina clásica. De entrada, el hombre realiza una advertencia; ahí la factura es de una contundencia casi salvaje: “mira, Samuel, esto que te voy a contar es grave; debo pedirte que, por favor, no lo cuentes a nadie. Como si yo no te lo hubiera dicho”.

A continuación, el profesional del secreto –armado de una seguridad indefectible- lanza un titular, breve y radical: “Carlos, nuestro Carlos, tiene glosopeda”. El individuo en cuestión, en aquel momento, espera que la reacción del sujeto pasivo sea brutal; que Samuel haya quedado casi paralizado por el “notición”, para desarrollar la parte central del discurso, es decir, el núcleo de la historia: “no lo sabe nadie. Te lo cuento por la confianza que tenemos tu y yo y por los años que llevamos siendo amigos. Carlos empezó a notar como unos bultos en la entrepierna y pensó, en principio, que…”. Y ahí suelta el rollo pertinente para dejar, para el final, el cierre de su actuación, la parte más brillante de todo el proceso, el zénit de su profesionalidad: “de verdad, Samuel, no me jodas, tío, esto que te acabo de contar no se lo puedes decir a nadie; a nadie, ¿me entiendes, chaval? Y, además, para más inri, si esta historia llegara a oídos del propio Carlos, el pitote que se armaría sería espectacular y la responsabilidad recaería, enteramente, en mi persona. Te das cuenta, ¿verdad…?”

Uno se va a su casa, preocupado por la terrible enfermedad de su amigo Carlos y con el propósito de ser una tumba, con respecto a la información que acaba de recibir generosamente, como prueba de la confianza y la amistad de su confidente.

Cuando está introduciendo la llave en la puerta del piso, suena el móvil (cosa que suele suceder con una espasmódica periodicidad). Abre y contesta. Se trata de Gonzalo, un conocido quien, sin pérdida de tiempo, se presta a explicarle –con exactos términos conminatorios de su confidencial antecesor- todo el historial médico-clínico de su mutuo amigo Carlos, el enfermo de glosopeda. ¡Coño!, piensa –que no lo dice, que es feo- y éste ¿como se habrá enterado?

Se sienta en el sofá, pero se da cuenta de que no tiene tabaco y se levanta, raudo, para ir al estanco. Entra en el establecimiento maldito, la expendeduría,  y se da cuenta de que el estanquero atiende a otro cliente. Cuando el otro fumador se larga, el dependiente le hace un gesto a Samuel –como quien dice: “acércate”- y le relata  el estado de ánimo de Carlos, quien sufre unos intensos dolores por la glosopeda que le han diagnosticado. El estanquero: “por favor, Samuel: yo no te he contado nada, ¿vale? Piensa que no lo sabe nadie. Secreto total”.

De cómo Samuel se luce con un ridículo de los que hacen época: al poco de estar tomándose un zumo de tomate con hierbas secas, acomodado, confortablemente, en su queridísimo sofá, suena el timbre de la casa. Se levanta, un pelo consternado, y se dirige a la puerta. Con sigilo, abre y se encuentra, de narices con su amigo Carlos. “¿Qué tal, Samuel? Pasaba por aquí y me he dicho, voy a visitar a mi amigo. Bueno, ¿me dejas pasar?”, la puerta estaba, todavía algo entornada.

Ya aposentados los dos en el mencionado sofá –mullido como el qué más- Carlos le comenta, con tono de voz grave y seriedad en el rostro: “Bueno, ya sabes ¿no?”. “¿saber qué?”, contesta, frígido, Samuel. “¿Sabes lo qué me pasa?”

Y se lo suelta todo…rogándole, a Samuel que, por favor, por lo qué más quiera, no se lo diga a nadie…

“Gilipollas” es, con exactitud y precisión suiza, el término que a Samuel se le aparece en la mente. Pero no se lo dice a nadie.

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