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No al viento

Por Jaume Santacana
miércoles 13 de enero de 2016, 09:52h

Después de más de sesenta y cinco años de vida vital (no, señores, no voy a pedirles perdón por una redundancia que no es tal: se trata de aplicar un adjetivo, el calificativo exacto, que distingue una vida rutinaria, pobre de espíritu, sin alicientes, corriente y moliente, apática, aburrida e inerte… de una vida bulliciosa, abrumadora, vigorosa, dinámica, exuberante, activa, brillante y a ritmo de no-va-más; y para definir esa diferencia nada mejor que el adjetivo “vital”. Lo siento pero no me retracto)… Así, pues, como andaba diciendo, tras el devenir de mi existencia he llegado a una severa aseveración, a modo de conclusión intelectual: el viento es inútil; es decir, no sirve para nada.

El viento no es más que una estúpida estupidez (ahí, sí; en este caso les pido mis más sinceras excusas por haber caído en la trampa de una incorrección inexcusable y como tal no les debería pedir excusas ya que el vocablo inexcusable, por sí mismo, me lo impide; pero bueno: un día es un día…)…Así pues, como andaba diciendo, el viento es una estúpida estupidez. No sirve mas que para tocar los huevos (ya saben, es un decir) a la humanidad y a los humanos que la componen, que son muchos y variados. Este fenómeno de la naturaleza a que me estoy refiriendo es una lacra de la propia naturaleza; algo que no debería existir y que a Dios, nuestro Señor –Creador insigne del universo- le pasó, seguramente, por alto. Dios tuvo un follón de dios para idear de la nada todo el pollo que representa la Vida. Un trabajo, sin duda, apreciable, enorme y que le exime de un craso y único error, una sola dejadez.

Esta gigantesca corriente de aire en forma de violentas ráfagas no conduce, nunca, a nada bueno ni positivo: molesta a los ingenuos transeúntes; desasosiega faroles, vallas y semáforos (garantes, estos últimos, de la civilización ordenada y pacífica); marea a marineros y pasajeros de Balearia con destino a Formentera o Ciutadella; arranca de cuajo tanto árboles milenarios así como a jóvenes inocentes y lozanos almendros en flor; desprestigia a los aristócratas dejando que se vislumbren nobles calvicies al serles injustamente volados sus señoriales sombreros; corrompe el sagrado silencio con sus horripilantes aullidos y sus embarazosos silbidos salvajes; deshoja los periódicos que la gente de bien lucen en las terrazas no prohibidas del Passeig des Born, por ejemplo; y aturde a lubinas y cetáceos que, a golpe de olas internas, les ablandece sus sabrosas carnes.

Alguien – ligeramente insano- me cuestionará: “¿oiga, y la energía eólica?” y yo, con mucho gusto, le responderé que dicha energía es una simple camama. Por cuatro vatios que se consigue no sería necesario poblar de asquerosos molinos (más feos que el monumento a Colón en Barcelona, que ya es decir) las lomas y colinas de bellas prominencias arbóreas. Además, para eso están los pantanos que tan brillantemente inauguraron Miguel Primo de Rivera y Francisco Franco en sus horas más felices y provechosas, entre prohibiciones y sentencias.

Pido – que digo pido: exijo- una gran manifestación que apoye grandes recortes en la administración de la ventisca hasta su total aniquilación y crear una gran zona, tipo Sahara, donde el viento campe a sus anchas sin cubrir a demasiados beduinos o a sus profilácticos camellos.

“Un mundo sin viento sería un mundo feliz”, dijo sabiamente Protímedes en la Grecia de Pericles.

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