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El mayor de los peligros

sábado 23 de enero de 2016, 09:18h

Cuando inicié esta serie de artículos para mallorcadiario, el primero de los cuales fue el titulado “El mayor de los errores”, pensaba estructurarlos y elaborarlos como partes de un todo, dándoles un claro paralelismo en el título y un contenido complementario. Pretendía con ello explicar la compleja actualidad mundial (o al menos mi visión de ella), observándola desde algunas de sus múltiples facetas. Pero nuestra actualidad política (primero en las Islas, después en Catalunya y por último en España) fue primando y marcando la agenda y las temáticas. Hoy retomo aquella intención inicial e intento responder a una pregunta que creo que puede llevarnos a unas interesantes consideraciones: ¿Cuál es actualmente el mayor de los peligros que podría acechar a la humanidad?

La pregunta es de tal calado, incluso puede parecer pretenciosa, que no me considero con autoridad suficiente para enfrentarme personalmente a ella. Pero sí me considero con el derecho y la capacidad necesarias para recordar y articular las respuestas que a ella han dado algunas de las personalidades más universalmente reconocidas. Para respetar el limitado formato de un artículo de opinión como este, voy a concentrar dichas respuestas en aquella que dio quien ha sido considerado, casi unánimemente, como la personalidad más importante del siglo XX, Albert Einstein. En mayo de 1949, en un artículo publicado en el primer número de la revista Monthly Review lo expresaba con toda claridad: la verdadera fuente del mal es la concentración cada vez mayor del capital y el poder en muy pocas personas.

“La anarquía económica de la sociedad capitalista tal como existe hoy es, en mi opinión, la verdadera fuente del mal. [...].
El capital privado tiende a concentrarse en pocas manos, en parte debido a la competencia entre los capitalistas, y en parte porque el desarrollo tecnológico y el aumento de la división del trabajo animan la formación de unidades de producción más grandes a expensas de las más pequeñas. El resultado de este proceso es una oligarquía del capital privado cuyo enorme poder no se puede controlar con eficacia ni siquiera en una sociedad organizada políticamente de forma democrática. Esto es así porque los miembros de los cuerpos legislativos son seleccionados por los partidos políticos, financiados en gran parte o influidos de otra manera por los capitalistas privados quienes, para todos los propósitos prácticos, dejan [tras las elecciones] al electorado al margen de la legislatura. La consecuencia es que los representantes del pueblo de hecho no protegen suficientemente los intereses de los grupos no privilegiados de la población. [...].

Estoy convencido de que hay solamente un camino para eliminar estos graves males, el establecimiento de una economía socialista, acompañado por un sistema educativo orientado hacia metas sociales.”

Esta valoración (el emplazar este problema como el top de los muchos problemas existentes) es sumamente significativa viniendo de alguien que conocía como pocos la mortífera capacidad de la tecnología nuclear. Alguien que, tras su implicación personal en provocar la decisión del presidente Franklin D. Roosevelt de fabricar la bomba atómica, se convirtió en un relevante activista contra la guerra, y en especial contras las armas nucleares. Alguien que llegó a afirmar: “No sé con qué armas se librará la Tercera Guerra Mundial, pero en la Cuarta Guerra Mundial usarán palos y piedras”. Unas desigualdades tan extremas como las actuales son una auténtica bomba de relojería que puede estallar en cualquier momento por más que una reducida élite pretenda controlar la situación. Aunque tal élite lograse semejante control, nuestro mundo de agobiantes desigualdades y de masivos exterminios por guerras y miseria es ya un mundo moralmente muerto. Como supo ver Martin Luther King, “Una nación que continúa año tras año gastando mucho más dinero en defensa militar que en programas de edificación social, se acerca a la muerte espiritual” (“Why I Am Opposed to the War in Vietnam”, 1967).

Desde hace un tiempo se habla cada vez más del drama de la desigualdad. La ha estudiado Thomas Piketty, el economista del momento, en su libro El capital en el siglo XXI, convertido en un fenómeno superventas en Estados Unidos. Y aquí y ahora, el informe de Oxfam de hace tan solo cinco días afirma que la desigualdad extrema en el mundo está alcanzando cotas insoportables, ya que actualmente el 1% más rico de la población mundial posee más riqueza que el 99% restante de las personas del planeta. Pero mucho más relevante que estos informes me parece la creciente toma de conciencia de que la clave de todo este enorme problema está en los bancos centrales. Bancos que, debiendo ser públicos, están sin embargo en manos privadas.

Hace unos días, la eurodiputada de Podemos Lola Sánchez nos envió un comunicado en el que se convoca la conferencia europea que se realizará en Madrid los días 19, 20 y 21 de febrero. Se trata de una iniciativa encabezada por ella misma y otros tres eurodiputados españoles y en la que participan ya personalidades como Yanis Varoufakis, Ada Colau, Eric Toussaint, Ken Loach o Noam Chomsky. Creo que sus análisis y planteos van realmente a la raíz del problema: “La actual UE está gobernada de facto por una tecnocracia al servicio de los intereses de una pequeña, pero poderosa, minoría de poderes económicos y financieros. […] queremos generar un espacio de confluencia en el que todas las personas, movimientos y organizaciones que nos oponemos a al modelo actual de Unión Europea consensuemos una agenda común de objetivos, proyectos y acciones, con el fin último de romper con el régimen de austeridad de la UE y democratizar radicalmente las Instituciones Europeas, poniéndolas al servicio de la ciudadanía.”

Sin esta clara conciencia sobre cuál es la verdadera fuente del mal, que Albert Einstein sí tenía, seguiremos moviéndonos en una especie de gatopardismo, seguiremos cayendo en la trampa de quienes siempre se las arreglan para cambiar cuantas cosas sean necesarias para que lo fundamental del sistema nunca cambie. Pasan los años pero no mi asombro sobre el hecho de que, por ejemplo, haya tantos expertos que ocupan posiciones privilegiadas en los grandes medios pero que jamás se refieren ni a la creación de la Reserva Federal, ni a su naturaleza absolutamente enfrentada a la Constitución estadounidense, ni a la única auditoría que la Administración estadounidense ha logrado realizarle, ni a las sorprendentes conclusiones a las que en ella se llegó.

Ese gatopardismo es un virus que se expande en los ámbitos más diversos. Cuando, en el ámbito político, Ciudadanos se autopropone como “la” alternativa que renovará el sistema político español acabando con la corrupción, ¿no se está intelectualmente perdido o no se está jugando sucio? ¿Se puede acaso renovar el sistema acabando solo con los pequeños corruptos, o incluso con los medianos, pero colaborando con quienes son capaces de imponer en todo Occidente una austeridad criminal? Y cuando, en el ámbito de las organizaciones supuestamente no gubernamentales, Oxfam no aclara (al igual que la revista Forbes) que fuera del cuadro de las personas más ricas del mundo, sobrepasando ese limitado marco, están las grandes familias financieras que controlan la Reserva Federal, ¿no se está tomando la parte por el todo o no se está jugando sucio? ¿Se puede acaso denunciar la desigualdad y la inmensa riqueza de unos pocos sin referirse a quienes son los dueños y fabricantes mismos del dinero? O cuando, en estos días, Amnistía Internacional clama contra la utilización de niños para extraer el coltán del Congo pero jamás denuncia que el ruandés Paul Kagame, el tirano de un país sin coltán, se ha convertido en el mayor traficante del mundo de este estratégico mineral, ¿no se está jugando sucio de un modo cada vez más descarado? ¿No se está de hecho denunciando una vez más los síntomas mientras que las causas fundamentales siguen quedando ocultas? O cuando la otra gran ONG anglosajona para los derechos humanos, Human Rights Watch, nunca denuncia la más grave violación de ellos, el crimen contra la paz o guerra de agresión, violación tan continuamente cometida por sus padrinos y financiadores, ¿no se está jugando a un juego no solo sucio sino criminal? En mi libro La hora de los grandes “filántropos” dediqué todo un apartado al secuestro de las grandes ONG por parte de estas familias financieras-“filantrópicas”. Quien se informe (en castellano puede hacerlo en la página ¿Es posible la paz? de Mikel Itulain) sobre la financiación de estas ONG por “filántropos” como George Soros y por entidades “filantrópicas” como el banco Goldman Sachs, seguramente se sorprenderá.

Pero dejemos para otro día estas reflexiones en torno a la novela “El gatopardo”, del escritor italiano Giuseppe Tomasi di Lampedusa, publicada en 1959 y adaptada magistralmente al cine por Luchino Visconti en 1963. Volvamos ya al hilo argumental de este artículo. Mucho se ha discutido sobre el llamado capitalismo, sobre sus supuestas bondades o sobre si existen alternativas a él. Pero, desde mi punto de vista, la cuestión clave es que se trata de un sistema fundamentalmente falsario: mientras muchos proclaman las bondades del libre mercado, olvidan u ocultan que lo que realmente tenemos en la cúpula del sistema capitalista occidental (allí donde se deciden realmente las cosas importante) es una realidad estructurada en torno a aquello que es la negación misma de la libre competencia: el monopolio. Por más que con frecuencia se revista de una apariencia de diversidad empresarial, la realidad que se oculta en esta cúpula de la llamada globalización es una especie de régimen de monopolio, en el que los pequeños y medianos empresarios no cuentan para nada y mucho menos los trabajadores.

Cuando Albert Einstein escribió su citado artículo, las grandes familias banqueras anglosajonas eran ya dueñas y señoras del más importante de todos los monopolios: el de la emisión del dólar, el de su fabricación desde la nada y el del control absoluto de la masa monetaria circulante, con todo lo que ello comporta. Hacía ya unas décadas que Theodore Roosevelt (vigésimo sexto presidente y primer estadounidense en recibir el premio Nobel de la Paz, galardón que aún no sufría la politización y manipulación que padece hoy) había librado una tremenda batalla legal contra los grandes monopolios de esta élite: el del ferrocarril, el del acero o el del petróleo. Esta condición falsaria, tan sustancial del actual capitalismo financiero occidental, fue la que en el último momento hizo que cambiase el título de mi segundo libro que paso así de La hora de los grandes financieros a La hora de los grandes “filántropos”. Es la hipocresía que tanto indignaba a quien puede ser considerado el inspirador de los maestros de la no violencia, mahatma Gandhi y Martin Luther King: Jesús de Nazaret. Quedémonos con el síntoma esperanzador de que en los sectores de los jóvenes más concienciados ya no cuela la falacia de que política es el malo de la película. La verdadera política, una política arraigada firmemente en la dignidad y el coraje, es la única que puede poner frenos a estos grandes monopolistas que, paradójicamente, invocan el libre mercado para justificar sus crímenes. En más de una ocasión he llegado a afirmar que con solo un retorno a la constitución estadounidense tendríamos una auténtica revolución mundial. Estamos más cerca, la sociedad va abriendo los ojos…

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