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Morir de éxito turístico

martes 09 de agosto de 2016, 08:00h

El centro histórico de Venecia, la ciudad de los canales, ha perdido en sesenta años dos tercios de su población residente. La incomodidad insoportable provocada por la invasión permanente de los turistas, la carestía de la vivienda, que se ha hecho absolutamente inasequible para la inmensa mayoría de los ciudadanos y también de los servicios y del día a día, la saturación de calles y plazas y del transporte público, unido a los problemas crónicos del hundimiento lento pero inexorable de la ciudad, de las inundaciones provocadas por las “acqua alta”, de la deficiente limpieza de los canales y sus olores asociados, han causado un éxodo prolongado e imparable que está vaciando la ciudad de sus habitantes, con la consecuencia inexorable de convertirla en un parque temático para turistas, desprovisto de vida, de encanto y de autenticidad. La “Serenissima” está a punto de morir de éxito turístico.

No es la única ciudad o entorno que padece un asedio por parte del turismo masivo que pone en peligro la supervivencia de su identidad, para transformarla en mero decorado invivible para sus habitantes, convertidos en figurantes de representación para las hordas invasoras. Barcelona, sobre todo los barrios antiguos, la Ribera, el Barrio Gótico, el Raval y la Barceloneta, está sufriendo el mismo proceso de despoblamiento de residentes y ocupación por turistas y visitantes.

Y aquí, en Mallorca, y también en Ibiza y Formentera, hace tiempo que llegamos al punto de saturación, pero la situación aun ha empeorado en estos últimos dos años. Este verano no se puede pasear por el centro histórico y comercial de Palma, nuestras carreteras y autopistas están llenas de vehículos como nunca, las playas están atiborradas, vayas donde vayas, hasta el último rincón accesible sin demasiada dificultad, te encuentras turistas, veraneantes y vacacionantes.

Hemos llevado hasta el límite la capacidad de nuestros recursos. Hemos tenido que poner a trabajar al máximo las desalinizadoras y, aun así, debido a la sequía que arrastramos, ya existen ciertas restricciones de agua en algunos municipios y la posibilidad de que se generalicen en el otoño es muy elevada, si no llueve. El aeropuerto, el transporte aéreo y marítimo, las carreteras, el transporte público urbano e interurbano, la infraestructura de alojamiento, todo está saturado. Alquilar una vivienda es misión imposible, los precios son disparatados, sobre todo en Ibiza y Formentera, el coste de la vida es prohibitivo, el ocio es carísimo y salir de las islas de improviso por una emergencia, sobre todo en avión, cuesta casi lo mismo que el salario mínimo interprofesional.

De continuar así, Mallorca dejará de ser un lugar agradable para vivir. Toda la sociedad isleña y nuestros políticos en particular, deberíamos abrir un debate ciudadano sobre los límites poblacionales que nuestros recursos e infraestructuras pueden soportar sin tensionar nuestra convivencia y poner en peligro nuestro bienestar. Se trata de no morir de éxito turístico.

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