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Saturados de hablar de saturación

Por Joan Miquel Perpinyà
martes 04 de octubre de 2016, 05:00h

Este fin de semana se han celebrado las fiestas de cierre de las principales, mayores y mundialmente famosas discotecas de Ibiza. Los hoteles les van detrás y en una semana no quedará casi nada abierto en la mayor de las Pitiusas. Lo mismo sucederá en Formentera y hace ya semanas que en muchos núcleos turísticos de Mallorca ya se ha notado una bajada espectacular en el número de visitantes. No son pocos los establecimientos hoteleros que logran arañar varias semanas ofreciendo ofertas tentadoras a los residentes, lo cual siempre es de agradecer.

En unos pocos días ya nadie hablará de la dichosa saturación. Excepto Palma, que ha sido capaz de generar una interesante oferta de destino de fin de semana, con multitud de hoteles urbanos y una oferta cultural más que digna, todo lo demás volverá a ser casi un desierto, plagado de establecimientos con sus lunas tintadas de blanco. Las colas en las oficinas del Soib volverán a ser la tónica dominante, con gente presentando sus papeles para cobrar el subsidio correspondiente y algunos interesándose en cursos de formación para aprovechar el parón forzoso.

Afortunadamente y aunque lo hagan a regañadientes, nuestros gobernantes se han dado cuenta de que una cosa es el discurso activista y reivindicativo que uno puede esgrimir cuando está en la oposición, y otra cosa muy distinta son las decisiones que uno ha de tomar en sectores clave para la economía como es el turismo. Cualquier decisión precipitada y poco meditada tendría consecuencias de calado en la industria turística, algo que nadie se puede permitir por actuar a la ligera y por satisfacer a colectivos que, por lo demás, raramente se dan por satisfechos.

Claro que la gran afluencia de turistas genera problemas importantes durante algunos meses al año, pero aquellos que defienden limitar el número de visitantes (no dicen cómo) cuando no se muestran directamente a favor del decrecimiento económico (parece que estén deseando que los negocios se vean obligados a cerrar y la gente se vea nuevamente en el paro), no pueden persuadir a los gobernantes de que adopten medidas contrarias al interés general y a la economía de Balears. El problema debe abordarse desde la serenidad, con datos en la mano y con medidas regulatorias para evitar las grandes aglomeraciones en momentos puntuales. Afortunadamente el Govern ha asumido su enorme responsabilidad en esta cuestión y soporta las críticas de algunos radicales con paciencia. En esto, claramente aciertan.

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