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Austria: buenas noticias

martes 06 de diciembre de 2016, 03:00h

El triunfo en las elecciones presidenciales austríacas celebradas este domingo, del candidato independiente propuesto por el partido Los Verdes, Alexander van der Bellen, progresista y europeísta, es una muy buena noticia para esta Unión Europea depauperada e instalada en una crisis no solo económica, sino también de identidad y autoestima.

La victoria por más de seis puntos y trescientos mil votos frente a Norbert Hoffer, el candidato ultraconservador populista del FPÖ, el así llamado Partido de la Libertad de Austria, de extrema derecha, xenófobo y euroescéptico, ha ratificado y ampliado el resultado de las elecciones de mayo pasado, en las que ya ganó van der Bellen por un margen mucho más estrecho de seis décimas y apenas treinta mil sufragios.

Aunque Austria no es uno de los países más importantes de la UE, por extensión territorial, población y peso económico es uno de los miembros medianos de la unión y no obstante la función casi exclusivamente protocolaria de la presidencia de la república austríaca, la elección de van der Bellen adquiere una especial relevancia por el momento histórico en el que nos encontramos, con una UE en crisis, la próxima salida del Reino Unido y el aumento sostenido de la presencia política y expectativas electorales de partidos populistas, xenófobos, de extrema derecha y algunos directamente fascistas.

De hecho, esta elección en Austria supone la ruptura de la concatenación de resultados favorables a fuerzas, posiciones o candidatos populistas y contrarios a la idea de la UE, ejemplarizados por el resultado del sí al “brexit” en el Reino Unido y la victoria de Donald Trump en las elecciones presidenciales de Estados Unidos.

El éxito de Van der Bellen se ha basado en el voto femenino, alrededor del 75 % de las mujeres, según los datos demoscópicos publicados, le habrían votado, así como en el voto de la gente mayor que conoció el horror de la dominación nazi, el voto urbano, el joven y el de personas con titulación académica media y universitaria. El voto al candidato populista, en cambio, ha sido mayoritariamente masculino de edad mediana, de áreas rurales y de personas con baja cualificación académica y extracción obrera.

También ha sido una reafirmación de los ciudadanos contra la judicialización de la política y el ataque a sus decisiones soberanas con tecnicismos jurídicos. La anulación de las elecciones anteriores por parte de los tribunales se debió a la impugnación que el FPÖ hizo del voto por correo, pero no tanto del voto en sí mismo, sino del hecho de que, en algunos colegios, se había iniciado su recuento con cierta antelación a lo que marca la ley electoral austríaca, o se había llevado a cabo por personal no suficientemente acreditado.

Habiendo solo una diferencia de treinta mil votos, debieron pensar que en seis meses tendrían tiempo de, subidos en la ola de populismo, ultranacionalismo, xenofobia y euroescepticismo, más que compensar esta distancia y finalmente ganar la presidencia. No ha sido así, la participación ha aumentado en voto presencial, mientras que el voto por correo ha disminuido y el resultado ha sido lo suficientemente amplio como para despejar cualquier duda y que el candidato perdedor haya felicitado al ganador al poco de empezar a conocerse los datos provisionales, que ya presentaban un desenlace incontestable.

No deberían sin embargo recrearse en el resultado las autoridades de la UE, ni la comisión ni los gobiernos nacionales, puesto que, aunque haya perdido, el hecho de que el FPÖ haya conseguido colocar a su candidato en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales y haya finalmente obtenido el 47 % de los votos, y el propio hecho de que su oponente y ganador haya sido el candidato de Los Verdes, lo que significa que los dos grandes partidos tradicionales austríacos han quedado fuera, constituyen un serio toque de atención del rechazo de una mayoría de ciudadanos a la política actual de los partidos tradicionales, a su nula capacidad de afrontar la crisis económica y social, a su mediocridad, falta de liderazgo y venalidad y ponen de manifiesto que muchos europeos están virando hacia opciones que preconizan la renacionalización, el cierre de fronteras y, en definitiva, la liquidación de la Unión Europea.

El próximo año se han de celebrar diversas elecciones en Europa, las más decisivas las presidenciales de Francia y las legislativas de Alemania y, seguramente, Italia. Dado que son los tres países más poblados y las tres principales economías de la UE, sus resultados, especialmente los de Alemania y Francia, serán determinantes para el devenir inmediato de nuestro continente tal y como lo conocemos.



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