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Ya no hay serpientes de verano

martes 01 de agosto de 2017, 02:00h
Hasta hace no demasiados años, durante los meses de máximo calor veraniego, la llamada canícula, de julio y agosto, la actividad pública nacional e internacional se tomaba, igual que la mayoría de ciudadanos, unas vacaciones, de modo que, salvo catástrofes naturales o alguna guerra o revolución inesperadas, los periódicos tenían pocas noticias que llevar a las rotativas, más allá de los homenajes a los turistas diez millones, once millones y sucesivos, de los comentarios sobre las olas de calor, cada año más calurosas que el anterior, o de los cotilleos sobre las vacaciones de los famosos.

Debido a ello, cada año surgían rumores, falsas noticias, patrañas y chismes de nula credibilidad sobre los temas más variados, a cual más inverosímil, que se dio en denominar serpientes de verano, probablemente por analogía con sus tocayas, las serpientes marinas, cuyos avistamientos a lo largo de los siglos tenían la misma carencia de verosimilitud.

>Ahora, en cambio, las desgracias que nos afligen, a nivel local y global, no cesan, no dan tregua en ningún momento, de modo que, mientras soportamos uno de los veranos más calurosos de la historia registrada, ya no ha lugar a que los medios de comunicación se hagan eco de bulos más o menos bien elaborados, las noticias reales, algunas casi tan inverosímiles como las antiguas serpientes de verano, pero por desgracia ciertas, dan para llenar todo el contenido de los noticiarios.

Ojalá fueran serpientes de verano noticias como el drama interminable de los refugiados, que si no mueren en el mar, pasan a quedar atascados en la inacción burocrática y la pasividad vergonzante de la UE y, sobre todo, de los gobiernos de sus países miembros, cuyo último capítulo es la indecente presión amenazante que están aplicando a las ONG que socorren a los migrantes e impiden, cuando los encuentran, que se ahoguen en el mar.

O la incontrovertible deriva autoritaria del presidente turco Erdogan, que está liquidando la democracia en Turquía, transformándola en un sistema autoritario presidencialista de ideología islamista, laminando todos los principios de la república laica fundada por Mustafá Kemal Atatürk y alejándose irremediablemente de la Unión Europea.

O el avance imparable de Méjico hacia convertirse en un estado fallido, empujado por las mafias del narcotráfico, que controlan amplias zonas del país y lo demuestran con una violencia y una crueldad aterradoras y cuentan con la complicidad de políticos, policías y jueces corrompidos por el poder del dinero.

O el tránsito aparentemente inevitable de Venezuela hacia la guerra civil, atrapada entre dos fuegos, por un lado un gobierno que ha devenido ilegítimo por la ocupación e instrumentalización de las estructuras del estado y, por otro, una oposición que también muestra muchas carencias y puntos oscuros.

O las interminables guerras civiles de Siria, Irak, Yemen y Afganistán, que desestabilizan toda la zona, con el trasfondo de la confrontación por la hegemonía regional entre Arabia Saudí e Irán y la guerra secular en el Islam entre sunnís y chiís.

O el eterno enfrentamiento palestino-israelí, el otro gran conflicto regional de Oriente Próximo, cuyo último, hasta ahora, episodio se ha desarrollado en la explanada de las mezquitas, con la instalación por parte de Israel de controles de acceso con arcos de detección de metales tras el asesinato de varios soldados hebreos por parte de un árabe de nacionalidad israelí, medidas que finalmente ha retirado tras las masivas protestas palestinas, pero manteniendo una vigilancia que sigue enervando a los palestinos, en una nueva escalada de tensión que podría desembocar en el estallido de una nueva intifada de consecuencias imprevisibles. Y lo peor es que no parece haber una voluntad real por ninguna de las partes, de llegar a un entendimiento viable que lleve a una paz duradera.

O la delirante vesania justiciera del presidente filipino Rodrigo Duterte, que desde la máxima magistratura del país socava todos los principios del estado de derecho instigando ejecuciones sumarias extrajudiciales arbitrarias de reales o supuestos traficantes de drogas.

O el desvarío permanente del régimen de Corea del Norte y su líder Kim Jong-un, empecinado en una carrera armamentista y provocadora hacia Corea del Sur, Japón y los Estados Unidos, con la mal disimulada complacencia de China, su único sostén internacional, que se limita a lanzar tímidas reconvenciones hacia su díscolo protegido.

Y el calor sofocante y la isla saturada de personas y vehículos tampoco son serpientes de verano, sino malhadadas realidades.

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