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¿Quo vadis España? (2)

Por Miquel Pascual Aguiló
sábado 25 de noviembre de 2017, 02:00h
El pasado sábado después de ver publicada la primera parte de este artículo, que había entregado veinticuatro horas antes, me enteré, leyendo un artículo de opinión publicado el mismo sábado en el periódico “Diario de Mallorca” que el montaje del concierto homenaje a la compositora y cantante Cecilia (Evangelina Sobredo Galanes, más conocida como Cecilia (1948 –1976), que fue una carismática cantautora española fallecida en accidente de automóvil a los 27 años cuando estaba en la cima de su éxito), celebrado el pasado día nueve tuvo problemas porque ninguno de los cantantes seleccionados quería cantar la canción “Mi querida España”.

Santiago Alcanda, director y presentador de Como lo oyes en Radio 3 y director artístico del concierto benéfico que tituló “Mi querida Cecilia”, contó que alguno de los invitados al homenaje se sentía incómodo interpretando “Mi querida España”, entre los cantantes destacaron Amaral, Miguel Ríos, Ana Belén, Víctor Manuel, Sole Giménez, Mikel Erentxun, Antonio Carmona, India Martínez, Joaquín Sabina, alguno supuestamente de izquierdas y hasta alguno comunista (o ex.comunista), finalmente la cantó Diana Navarro.

Esta canción, calificada como una de las canciones básicas de la historia musical de España de la década de 1970 e incluso icono de la música del país, en el fondo y en la forma fue una crítica soterrada a la situación socio-política de la España del momento, en las postrimerías de la dictadura franquista.

Fue tachada de las listas de canciones que podían dar por las radios, debido a la censura franquista, por lo que la autora optó por modificar su letra. La letra del tema, como he dicho fue objeto de censura por las autoridades de la época, de forma que la referencia a “Esta España mía, esta España nuestra” era originalmente a “Esta España mía, esta España muerta”
Mientras que para muchos sintetiza una España de la posguerra en descomposición; para otros, refleja un alegato esperanzador, lo cierto y seguro es que sufrió el control franquista por criticar las costumbres sociales de un país anquilosado.

Corrían los años setenta y Franco aún vivía y en una actuación en directo en Televisión Española, todo ocurría como estaba pensado que ocurriera, hasta que Cecilia decidió saltarse el guion, y se puso a cantar ante millones de españoles la letra original de la canción, que nunca llegó a ser grabada por el miedo a la guillotina de los censores. La España dejaba de ser “mía y nuestra” para transformarse, sin perder la sonrisa, en una “España mía y una España muerta”. Cecilia, jugándose el todo por el todo, desafió el pensamiento único franquista jugando, riéndose de la estrechez mental de una sociedad con ganas de explotar. Así se sacudió el yugo de una imposición que la doblegó en ocasiones, pero que enfrentaba a su manera, con estrategias inesperadas como la que acabo de explicar.

Conocedor de esta noticia y de la estulticia de los cantantes que se acobardaron de hablar de España que les ha dado y les da la posibilidad de vivir como reyes con su profesión y que no rechazan el dinero que les pagan en cualquier lugar de España que les contraten, decidí cambiar la línea argumental del articulo y centrarme en denunciar que una canción, que en plenos estertores del franquismo, “se convirtió en un ejercicio de valentía y dignidad, en un himno identitario y de lucha contra el fascismo”, en palabras del articulista al que me he referido, ahora resulta que básicamente es una canción apestada porque habla de España.

Esto solo puede ocurrir en un País como el nuestro:
Un País en el que la corrupción campa a sus anchas, en todos los niveles políticos y empresariales, un país con una profunda crisis de Estado.

Un País donde la desigualdad bate récords, donde las empresas, fiscalmente hablando, son unas privilegiadas, frente a la ciudadanía que es la que asume la práctica totalidad de la carga fiscal.

Un País donde los pensionistas y jubilados ven continuamente rebajados sus derechos adquiridos.

Un País en la que la violencia de género se ha llevado ya por delante más vidas, 44 en lo que va de año 2017, muchas más que el terrorismo.

Un País en el que el partido político que lo gobierna ha normalizado de tal forma la corrupción que hasta ha financiado con ella sus campañas electorales.

Un País, en fin, cuyo presidente del gobierno cobró dinero en negro, según apuntó el inspector jefe de la UDEF, Manuel Morocho, quien confirmó ante la comisión del Congreso sobre la financiación oculta del Partido Popular que los secretarios generales, Álvarez Cascos y Rajoy cobraron de la caja B del partido.
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