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El calvario de Rajoy

Mariano Rajoy ha lanzado en el Congreso su plan de medidas contra la corrupción con toda la buena voluntad del mundo que se quiera, pero en el peor de los momentos para él y para su partido. Desde el pasado octubre se han multiplicado los cataclismos en el PP de Madrid: las tarjetas de Caja Madrid, el escándalo Granados, los viajes de Monago, el Pequeño Nicolás y por último la dimisión de la ministra Ana Mato, implicada por su marido en el lodazal Gürtel, pocas horas antes de la sesión  parlamentaria. En este caótico sumario de Gürtel hay tres extesoreros del PP imputados, nada menos.

Pocas veces se había visto tal ristra de desventuras en tan pocas semanas. En este contexto, Rajoy ha sacado pecho y propone transparencia y limitación en las donaciones de particulares a los partidos y prohibición de que bancos y cajas condonen sus deudas, entre otras medidas. Son pasos adelante positivos y que sin duda han de ser bien recibidos por la ciudadanía. El funcionamiento interno de no pocos partidos desde la recuperación de la democracia ha sido en general defectuoso y repleto de disfunciones.

Salida de una dictadura de cuarenta años fruto impuro de una feroz guerra civil, España aprendió el funcionamiento democrático poco a poco, a tropezones, con improvisaciones, imprecisiones y errores de toda laya, impensables en naciones con una asentada tradición democrática de siglos, transmitida de padres a hijos.

En este contexto tan particular, la retahila de desastres públicos ha sido enorme. Tratando de superar a los que azotan en la actualidad a su partido, Rajoy ha tirado hacia adelante reclamando que la mayoría de políticos son decentes y que la normativa se tiene que adaptar a esta realidad.  Ha optado por la salida más lógica, pero en mal momento.

Los ciudadanos están hartos de desayunarse cada día con un nuevo cataclismo. Prácticamente desde el final del verano el PP de Rajoy no ha tenido ni una semana tranquila, ni siquiera un par de jornadas de sosiego para poder analizar la coyuntura con frialdad y perspectiva. Pero tiene que actuar sin dilaciones. Con medidas plasmadas en negro sobre blanco en el Boletín Oficial del Estado.  De lo contrario, la España oficial e institucional corre el riesgo de parecer un barco a la deriva lleno de filtraciones de agua dentro de poco tiempo.

Hacía décadas que no se vivía una situación tan compleja. La crisis continua golpeando con dureza al cuerpo social; los escándalos de corrupción encrespan la dinámica política e imposibilitan pactos sólidos en horas tan azarosas, y para acabar de complicar las cosas, los ruidos de seísmo en Catalunya son cada vez más intensos.

En otras circunstancias ya se estaría hablando de una solución a la alemana: una gran coalición PP-PSOE para sacar al país del atasco y la confusión, pero la situación es tan grave que ni los grandes acuerdos de Estado pueden considerarse una salida válida. Otra posibilidad sería adelantar las elecciones generales. Pero eso tampoco es solución. Los poderes económicos se echarían a temblar ahora que Podemos se está convirtiendo en la primera fuerza en las encuestas.

Rajoy no tiene más remedio que echarse la cruz a la espalda y seguir adelante con paso incierto, sin Simón Cirineo que le ayude, camino de un calvario y esperando la intercesión divina para que se aclaren las cosas. Rajoy sólo tiene un aliado: ganar tiempo sea como sea. Al fin y al cabo, la esperanza es lo último que se pierde. Y aquí con el agua al cuello hay muchísimos y en todas partes, no es un drama exclusivo del PP, ni mucho menos.
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