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Debate Iglesias-Errejón: las sólidas razones de ambos y su error común

El último conflicto entre los dos dirigentes de Podemos, escenificado públicamente en el Congreso de los Diputados, ha estado referido a la independencia que exige Errejón de la Comisión de Garantías del partido, que Iglesias busca disimular. Pudiera parecer, así, que el debate entre ellos está referido a las cuestiones orgánicas internas de Podemos. En pocas palabras, que es el control del partido lo que hoy se discute, sobre todo después de que no hayan podido consensuar una propuesta conjunta. Y eso puede ser cierto, pero tal cosa no debe ocultar que también existe un debate estratégico más de fondo (que está quedando opacado para el grueso de la ciudadanía).

Si nos atenemos a los documentos, parece indudable que el mérito de la reflexión estratégica más teórica corresponde principalmente a Errejón. Por su parte, Iglesias está escribiendo menos y cuando lo hace se mantiene regularmente en el plano de lo táctico. Aunque sus frases cortas también son cargas de profundidad, como, por ejemplo, cuando dice eso de que no aceptará que Podemos se convierta en otro PSOE. Esa frase apunta directamente al riesgo que tendría la propuesta estratégica de su hoy competidor.

En varios textos Iñigo Errejón deja claro (“Podemos a mitad del camino”, “Del asalto al cerco: Podemos en la nueva etapa”, etc.) que la necesidad de cambiar de orientación está referida al cambio general de la dinámica sociopolítica del país. Los años inmediatamente después del 15M son entendidos como un plazo corto, como un “momento caliente” de la activación política de una parte de la ciudadanía. Sin embargo, en 2016 se produce un progresivo enfriamiento de ese activismo, de regreso a la normalidad democrática, que obliga a pensar en un plazo más largo de búsqueda de cambio de la correlación política de fuerzas. De esta forma, si en el momento caliente Podemos podía volcarse en un intento de asalto (a los cielos), en esta nueva fase debe cambiar su estrategia por una de cerco a la ciudadela del poder de la élites (la casta se dijo antes).

Ahora bien, este cambio remite a una reflexión clásica, que Errejón menciona, impulsada sobre todo por el marxista no leninista Antonio Gramci: la lucha por la hegemonía política y cultural en el interior del conjunto social. La fuerza progresista debe ganar la mente y el corazón de una gran mayoría social para lograr que las decisiones colectivas se orienten en esa dirección. La cuestión es que para conseguir la hegemonía político-cultural de una sociedad se hace necesaria una actuación más flexible, menos compulsiva, que sea capaz de conjugar acción y negociación, movilización en la calle y trabajo positivo en las instituciones. En palabras de Errejón: “A Podemos, como núcleo del polo de cambio, le toca independizarse de las condiciones de excepcionalidad en las que nació. Le toca construirse en fuerza política de la España que ya está siendo; no ya una “sorpresa” ni una “revelación” o algo excepcional sino un motor de largo aliento capaz de federar intereses comunes de la mayoría subalterna e integrarlos en un horizonte alternativo de país. Esa tarea de dirección institucional, intelectual y política no la solventarán por nosotros ni el repliegue a una posición resistencialista (“al menos decimos las cosas claras”, “seremos el altavoz de las protestas”) ni hipotéticos empeoramientos de la crisis que, en una lectura economicista, nos conduzcan a la contradicción definitiva y la batalla final. Hace tiempo entendimos que, en general, cuanto peor, peor”.

Incluso puede afirmarse que en su propuesta estratégica Errejón contempla un asunto crucial que supera la reflexión que se plantea al respecto en el PSOE. En mi nota anterior, donde revisaba el documento “Bases políticas para una ponencia marco” elaborado por el equipo impulsado por su actual gestora, sostuve que dicho documento reflexionaba adecuadamente sobre el fundamento de la representación, pero que lo hacía sobre la base (desactualizada) de que sólo hay que representar a una mayoría ciudadana que ya tiene una elevada cultura política cívica y política. Un supuesto que 2016 ha demostrado rotundamente falso (en Reino Unido, Colombia o, más dramáticamente, en Estados Unidos). Por eso afirmé que la socialdemocracia tiene que conjugar, hoy más nunca, mejora de la representación con creación de ciudadanía sustantiva.

Algo que no se le escapa a Errejón. “Es crucial –dice- partir, en primer lugar, del reconocimiento de que “el pueblo” no es una unidad homogénea a la que apelar con unos intereses ya formados –¡entonces no haría falta la política!- sino la construcción permanente de voluntad popular, un trabajo de artesanía cultural e institucional que no desvela actores ya constituidos –con mayor o menor “lealtad” o “autenticidad”- sino que construye identidades y fija rumbos compartidos. Solo construye pueblo quien no fetichiza ni esencializa el término. En segundo lugar, es fundamental entender que lo plebeyo, en Europa, es una amalgama compleja de memorias fragmentadas, orgullos, temores, ilusiones y aspiraciones individuales y no siempre comunitarias”. Por eso es crucial, como explica en otro de sus textos (“Podemos ganar”) el esfuerzo por producir el cambio cultural y simbólico de la propia ciudadanía.

Al parecer, la propuesta de Errejón muestra bastante consistencia. Sin embargo, Iglesias pone el dedo en llaga cuando señala que esta estrategia de largo plazo puede ir convirtiendo a Podemos en una fuerza demasiado semejante a la socialdemocracia originaria. Es decir, a una socialdemocracia de hueso colorado (o como guasta decir a Patxi López a una socialdemocracia exigente). Por eso Iglesias arguye que no aceptará que Podemos se convierta en un PSOE renovado. En el fondo, el secretario general de Podemos está señalando un riesgo real: más allá de las etiquetas, parece difícil que el espacio del gran partido del cambio que ha sido el PSOE acabe siendo ocupado por Podemos. Dicho de otra forma, para que Podemos pudiera liderar efectivamente un cambio de hegemonía política primero debería desplazar al PSOE del lugar de primer partido de la oposición. Ello, incluso si se acepta una alianza con el PSOE en el corto o mediano plazo, para alcanzar el gobierno.

Pero entonces ¿Cuál es la estrategia alternativa que propone Iglesias? El secretario general sostiene que existen todavía suficientes desigualdades sociales como para que se deje enfriar el calor de la contestación en la calle. Incluso aceptando que el momento más caliente ha pasado, es responsabilidad de las fuerzas radicales impedir que se enfríe demasiado el clima sociopolítico. Por eso insiste en que el acento fundamental de Podemos debe seguir estando sobre la movilización social. Claro, esto significa regresar al viejo papel de vanguardia política, defendido por los partidos tradicionales de la izquierda.

No es casualidad que esta estrategia se parezca demasiado a la que propone la extrema izquierda entrista (Anticapitalistas), que sigue apostando por agudizar las contradicciones del capitalismo, algo que no es otra cosa que un eco lejano de la tesis “cuanto peor, mejor”. Resulta curioso que Anticapitalistas se asocie tácticamente con Errejón para impedir el control orgánico de Podemos por parte de Iglesias, pero en el plano estratégico se relacione más con la propuesta del secretario general.

Errejón tiene una crítica inmediata a este regreso al papel de vanguardia política, porque el riesgo de convertir Podemos en una fuerza testimonial, como lo ha sido la extrema izquierda o el comunismo en España, es considerablemente alto. Es necesario dejar de ser simplemente el altavoz de las protestas para ir produciendo cambios efectivos en la vida real de la gente, si de verdad se quiere alcanzar el gobierno en una fase de progresiva normalidad democrática. Y en ese sentido, el trabajo en las instituciones es crucial.

No hay duda, pues, de que existen divergencias de fondo entre las propuestas de Iglesias y Errejón; y de que ambos aciertan parcialmente al señalar el riesgo que contiene la estrategia del oponente. La cuestión es que ello no impide que compartan un error de partida: creer que en España y otros países europeos era posible el escenario de algunos países latinoamericanos y de Grecia, consistente en que el partido radical populista podía llegar al gobierno en el momento caliente de la movilización social. Un error que tiene implicaciones graves, porque aquellas fuerzas que no lograron hacerlo tienden después a implosionar, como parece que está sucediendo con Podemos.

Claro, el error político tiene raíces en una teoría poco consistente: la que promueve la democracia radical frente a la democracia representativa. Errejón e Iglesias han compartido el gusto por los trabajos de Ernesto Laclau y Chantal Mouffe, veteranos intelectuales orgánicos del peronismo argentino, que han acabado teorizando sobre el populismo y la democracia radical. De hecho, desaparecido Laclau, su viuda, Mouffe, ha dejado clara su conclusión política: “la mejor forma de combatir el emergente populismo de derechas es impulsando un populismo de izquierdas”, afirmó en varios encuentros durante 2016. La respuesta de muchos analistas ha sido que esa es una salida falsa y que, para evitar el ascenso del populismo conservador, no hay mejor forma que una alianza entre todos los partidarios de los fundamentos de la democracia representativa y constitucional. De mi parte, también creo que, a estas alturas del siglo XXI, los términos populismo e izquierda resultan ya antitéticos; tengo más confianza en la renovación socialdemócrata como el núcleo más seguro de la izquierda de nuestro siglo.

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