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Cortar y pegar

La acción de cortar y pegar ha servido para universalizar y popularizar los editores de textos. Una acción sencilla, fácilmente reproducible, que debe utilizarse con cuidado y con respeto. Con cuidado, porque también sirve para repetir y reproducir los errores. Con respeto, para no vulnerar la autoría intelectual de los trabajos y los escritos técnicos, científicos o periodísticos. En los países serios un “copy-paste” publicado como propio y no referenciado trunca directamente la carrera profesional o política del autor infractor.

El copiar y pegar como concepto se ha trasladado a todos los ámbitos y en algunos de ellos tiene hasta dueño.

Precisamente en estos días, la Oficina de Patentes de Estados Unidos ha dilucidado sobre la propiedad de la patente de la técnica CRISPR-Cas9. El “corta y pega genético” convertido en una de las técnicas más prometedoras de la medicina moderna.

El motivo de disputa estriba en si la patente general en manos de Doudna y Charpentier, químicas de la Universidad de California y de Viena respectivamente, reconocidas en 2015 con el premio Princesa de Asturias de la Ciencia, es compatible con la patente específica para su aplicación en células humanas. A ésta aspiran precisamente los investigadores del Massachusetts Institute of Tecnology (MIT) perteneciente a la Universidad de Harvard.

Lo más triste del caso es que el creador de la técnica CRISPR es español. El microbiólogo alicantico Francisco Mojica, que, tras publicarla en el año 2003, vio como sus aspiraciones a profundizar en sus avances se veían truncadas. Las solicitudes de financiación se interrumpieron del 2008 al 2011. Ahora, con ella, se está a punto de plantear la curación del cáncer y crear una industria millonaria. Ha derivado en la técnica genética más importante del siglo. Permite cortar el ADN y modificar los genomas de forma sencilla y barata.

Estamos dejando a nuestros investigadores fuera de la senda de los avances del campo de la genómica y de la tecnología computacional. En nuestro entorno, sin ir más lejos, por razones exclusivamente políticas, hemos cerrado el único laboratorio activo en medicina regenerativa, sin despeinarnos.

Un siglo más tarde, de forma tácita, seguimos atados a la lapidaria expresión de Miguel de Unamuno, ¡Que inventen ellos!. Una verdadera lástima.
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