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Barrios bajos

Por Margalida Colom

Las fotografías antiguas son una forma más de atestiguar en los últimos cincuenta años la transformación de algunas zonas, distritos, núcleos o barrios de Palma. Aunque yo les quiero hablar del cambio que ha sufrido el ambiente en estos lugares debido a sus habitantes y sus nuevas formas de vida.

El otro día, un vecino de Son Sardina me contaba como los ocupas se han adueñado de una casa grande y vacía, además de ilustrar con grafitis los bancos que descansan en la acera; por tanto, no hay semana que la policía no tenga que darse una vuelta por allí. También, en la calle de Reyes Católicos hay una antigua fábrica invadida de gente y roedores de alcantarilla que campan a sus anchas, sin que nadie les moleste.

El Molinar, antes era una zona muy degradada hasta que sus habitantes de etnia gitana se mudaron a otro sitio y se ha convertido en uno de los barrios con puerto pesquero más caro y con mejores vistas de toda la ciudad. Igualmente ocurrió en El Jonquet cuando fue calificado como núcleo de ocio y diversión. Después de la revalorización, hoy vuelve a caer en el abandono; el solar de Rentadors, repleto de hierbajos y basura; el olor insoportable que desprende por la mezcla de calor y orina junto a la cantidad de baldosas rotas lo convierte, en suma, peligroso.

Una barriada que me toca más de cerca por motivos que no vienen al caso es la de Pere Garau, donde convive un mestizaje de culturas diferentes. Me llama la atención y espero que no sea una falsa noticia, la que informa del valor que va cogiendo esta zona por la proximidad al centro urbano y por contar con un mercado de productos alimenticios, textiles…, además de la futura peatonalización de algunas de sus calles. Fue mediante una entrevista realizada por un periódico local a alguno de sus nuevos vecinos que adjetivan el barrio de tranquilo y acogedor lo que me hizo sospechar que se tratara de una posverdad o mentira eficaz para lograr alquilar o vender los pisos a precios más elevados. De momento puedo afirmar que el humo del barbacoa de la terraza de enfrente impregna la ropa tendida en los pisos colindantes, el lenguaje de los perros que se responden unos a otros a la hora de la siesta es infernal, los animales de pluma como tórtolas y otros más exóticos no dejan de molestar, el ruido ensordecedor en las calles de pitidos de coche aparcados en segunda fila y de obras que no se acaban nunca, al que se le añaden los contenedores rotos y suciedad por doquier ya está instaurado. Si pasamos a la noche no les recomiendo ningún paseo a la luz de la luna por su seguridad y, en casa nadie le puede garantizar que a horas intempestivas le llamen desde el portero automático preguntando si es un burdel o si algún borracho pide que le abran la puerta porque no tiene llaves para entrar en la vivienda que comparte con otros tantos. Así que lo mejor que le puede pasar en este distrito es oír el llanto interminable de un niño que inspira ternura, aunque tampoco le deje dormir. Nada más lejos del barrio tranquilo y acogedor que describen algunos.

Los buenos mensajeros no deben difundir información falsa, sino dar mensajes esperanzadores que se transformen en realidad. Para que una zona cualquiera prospere se necesita, ante todo y en primer lugar, respeto y educación; y por otra parte, tiempo, limpieza e inversión. Como dice el refrán: “Dime de qué alardeas y te diré de qué careces”

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