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La espera

Por Margalida Colom

Una notificación en el buzón ha sido la causa por la que he tenido que visitar la Agencia Tributaria. Como se pueden imaginar, no me hacía mucha ilusión el destino de mi paseo matutino y mucho menos, ver la cantidad de gente que había allí dentro esperando a que le tocara el turno. Iban por el número 52 y… ¡Yo tenía el 93! Así que ticket en mano –marcaba las 10’40 h.- he salido y he decidido ir primero a resolver unos asuntos bancarios. Por suerte, la cola no era muy larga y después de una media horita me he plantado de nuevo en la oficina de pagos y tocaba al 64. Todo resuelto a las 12’30 h.

Mientras estaba en aquel lugar he observado a las personas que aguardaban su cita. La mayoría de ellas se entretenía con el teléfono móvil: llamadas, whatsapp, facebook, google… Aparte de ser adictos a la tecnologización cuando menos comunicación existe, no sabemos estar sin hacer nada, simplemente la espera nos produce la sensación de estar perdiendo el tiempo. Ha sido entonces cuando la musa ha aparecido y me ha soplado al oído el título de mi artículo semanal.

El verbo esperar es uno de los más conjugados a lo largo de nuestra vida y comprende diferentes acepciones como aguardar, anhelar, entusiasmarse, augurar, desear, parar, confiar, creer, entregarse, ambicionar… Todos ellos mantienen una estrecha relación con la palabra “tiempo”. Al nacer, las madres ya han aguantado en su vientre al bebé durante 40 semanas de gestación y están impacientes para verle la carita y mecerlo entre sus brazos -de hecho el eufemismo “estado de buena espera/esperanza-“. A partir de ahí, todo se basa en pararnos a ver qué sucederá en un periodo de segundos, minutos, horas, días, semanas, meses, años, siglos… Y esta sucesión en el tiempo es la espera. A veces, puede ser larga y triste, sobre todo si se trata de alguien que sufre o agoniza, pero siempre es el tiempo que transcurre y la impaciencia que resulta desesperante.

Hoy en día hay que esperar en cualquier situación trivial y rutinaria: para coger el autobús, en la cola del supermercado, para casarse (después de expedientes y testigos hay que hacer exposición pública durante 15 días), para obtener respuestas, para saber las calificaciones de las pruebas, para cobrar el sueldo, para que venga el fontanero o el electricista, para que te atienda un médico (salas de espera), para coger un vuelo… Y hablando de medios de locomoción, recuerdo como en los años 80, la abuela de una amiga que tenía unos parientes en Barcelona, decía que prefería trasladarse en barco hasta la Ciudad Condal porque así la duración del viaje era más larga y montaba más tiempo que si cogía el avión, que era más corto y rápido. En el siglo XXI, hemos cambiado la percepción temporal, vivimos muy deprisa y no saboreamos suficientemente ni valoramos los momentos construidos con un factor tan importante como el tiempo, que nunca se detiene.

Por último, confío en que les haya deleitado esta pequeña reflexión (Ya saben, pulsen “Me gusta” en Facebook o en el Diario digital) Mientras manténganse a la espera de mi siguiente artículo hasta el próximo viernes –antes o después del sushi (guiño a una amiga y lectora habitual)- ¡No esperen para ser felices!

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