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Masculinidades alternativas e imbecilidad superlativa

Seguro que muchos de ustedes no sabían que existen Masculinidades Tradicionales Dominantes (DTM), Masculinidades Tradicionales Oprimidas (OTM) y Nuevas Masculinidades Alternativas (NAM). Yo tampoco. Ahora resulta que una parte del feminismo radical (la facción que todavía no pregona la exterminación o castración sumaria de los homínidos de sexo masculino), además de clasificar a los individuos del género opuesto como si fueran ganado de razas distintas, sobre la base de unos supuestos caracteres diferenciales tópicos, nos propone reprogramar a todos esos varones de su especie para que abandonen esos rasgos que pensábamos que antropológicamente les eran propios, en favor de las llamadas ‘nuevas masculinidades alternativas’.

Cómo no, formaciones políticas de la extrema izquierda se apuntan a ese discurso tan atractivo para sus bases –no tanto para sus dirigentes, como demuestra el macho alfa Pablo Iglesias día tras día- e incluso se aprestan a organizar talleres de rehabilitación y reforma de la masculinidad, destinados a usted, amigo lector, a mí y a todo quisqui con la tara natal de poseer gónadas colgantes.

Cuando escuché a Laura Camargo hablar de semejante majadería pensé que era eso, una de las chorradas habituales a que nos tiene acostumbrados este personal, como los mannequin challenge anti San Valentín y otros teatrillos destinados a borrar de la faz de la Tierra el periclitado amor romántico entre un hombre y una mujer, paradigma del maligno heteropatriarcado.

Rápidamente me puse manos a la obra y a buscar en la red quien me aclarase esos términos y, oh sorpresa, resulta que existe abundante literatura –entiéndase el término en sentido lato- acerca de tan abrumador problema existencial. Nada menos que 423.000 resultados del buscador.

Desde luego, constato que hay profesionales de ambos sexos que tienen poco trabajo, se dedican al onanismo mental avanzado y parecen querer invitarnos a su fiesta del amor propio. Según estos sesudos tratadistas de la cosa, “la masculinidad es la construcción cultural de género que designa el rol de los varones en las sociedades patriarcales”. Es decir, que no es usted masculino por ser varón, como errónea a inocentemente pensaba, sino porque la sociedad machista y patriarcal le ha atribuido tan despreciable rol, pobrecito mío, mientras en realidad a usted le gustaría ir vestido de lagarterana, ponerse tetas y cosas así.

Analizando bien la cuestión, realmente yo también tengo amigos con determinada masculinidad calificable tal vez de alternativa –concretamente, homosexuales-, compadres a quienes quiero tanto como a los demás, pero que me temo que ni aun así se apean del fútbol y hasta de los comentarios machistas, aunque el objeto de su impuro deseo lúbrico varonil no sea una moza, sino uno o varios mozos.

La masculinidad tradicional, que, no se lo pierdan, es el preceptivo preámbulo de la violencia machista según estos fenómenos, está definida a tenor de los estudios más prestigiosos del sector por rasgos como la fuerza,​ la valentía, la virilidad, el triunfo, la competitividad, la seguridad y la auto-represión de la afectividad​. Sensu contrario, para ser un nuevo hombre, o sea, para gozar de las indudables ventajas de la masculinidad alternativa que nos proponen, habrá que concluir que uno ha de ser débil, cobarde, femenino (con perdón), perdedor, incompetente, inseguro y pusilánime. Lo dicen ellos, no yo. Total, un dechado de virtudes masculinas que a buen seguro atraerá a todas las féminas como moscas a un panal de rica miel.

Lo que en realidad pretende el feminismo radical no es reformarnos, sino extinguirnos. La probabilidad reproductiva de un menda con el atractivo de semejante perfil de manso ronda el cero absoluto. La única posibilidad que tendríamos los ‘nuevos hombres’ de perpetuar nuestros genes sería que, tras convertirnos en cabestros al servicio de la sociedad desmasculinizada, nos estabularan y nos sometieran a técnicas de aséptico ordeño genital con el fin de crear un banco de espermatozoides alternativos con los que fecundar mujeres liberadas del heteropatriarcado. A mí todo esto me suena un poco nazi, pero en realidad no debe serlo.

El único problema es que las mujeres fecundadas por gametos de varones de sexualidad recauchutada también habrán tenido padres, abuelos, bisabuelos y tatarabuelos desde la oscura noche de la historia y la ciencia genética es muy cabrona y muy poco dada a someterse a las reglas sociales. Porque ya solo les faltaría a estos que, tras todo este montaje, el hijo de un hombre desmasculinizado y una mujer concienciada les saliera un machista de tomo y lomo, de los que beben Soberano, echan piropos a las chicas guapas y se comportan como Pichi, ese chulo que castiga. Y es que no hay que olvidar que Gregor Johann Mendel, el muy miserable, además de genetista, católico y monje agustino, era varón, y me temo que ya no estamos a tiempo a someterlo a un desinfectante taller de nuevas masculinidades.

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