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Viva la música

Por José Luis Mateo

Mientras escribo estas líneas no puedo evitar recrearme escuchando una preciosa canción de una maravillosa película que, dos jóvenes pero a la vez brillantes músicos, interpretaron hace apenas unos días en ese concurso de talentos que todos hemos visto y disfrutado en alguna ocasión. Amaia y Alfred, que así se llaman los dos pimpollos (quédense con esos nombres porque, a buen seguro darán mucho que hablar) nos mostraron en tan solo tres minutos, qué es la música. Poniéndome en situación, es cierto que comencé escuchando con mucha atención, un poco nervioso, deseando que el resultado fuera bueno y, desde el más absoluto desconocimiento de un simple aficionado, que fueran capaces de transmitir todo lo que llevaban dentro. Y así seguí los primeros compases, hasta que, de pronto, me encontré emocionado, con lágrimas en los ojos, pero dibujando una amplia sonrisa sumergido en esa bella historia que nos estaban contando. En esos instantes, el tiempo parece detenerse, todo a nuestro alrededor desaparece y somos capaces de topar con nuestros más profundos pensamientos y deseos, sentimos auténticos escalofríos y acabamos respirando profundamente, tranquilos, sabedores de que lo que hemos escuchado nos ha hecho mucho bien.

La música es sencillamente maravillosa: es amor, amistad y diversión, del mismo modo que también es ambición, preparación, motivación o éxito. La música es tristeza, enfado, olvido o recuerdo y, como no, ruptura, cambio, crisis y esperanza. La música lo es todo, llega a todos, nos acompaña en todo momento y, de forma casi mágica, va completando el pentagrama de nuestra vida.

He de confesar que cuando tengo uno de esos días en que las cosas cuestan más de la cuenta o me invade la sensación de no haber hecho las cosas todo lo bien que debiera, tiro de “esa” lista de reproducción donde tengo “esas” canciones. Por flojo que haya sido el día, por frío que pueda sentirme en ese momento, es escuchar los primeros tonos y todo parece volver a tener sentido. Siempre lo he pensado: mientras estas canciones me sigan emocionando, sigo vivo, sigo caminando. Y creo que en mayor o menor medida, a todos nos pasa algo parecido. De hecho, está científicamente demostrado que cuando escuchamos una canción, en nuestra cabeza se desata una auténtica cascada de pensamientos y emociones que nos transportan a diversos momentos de nuestra vida. Basta un par de tonos, un ritmo, una frase, y la música evoca rápidamente el recuerdo de un maravilloso día en familia, una fantástica jornada entre amigos, un cine, un paseo, un gran evento, un atardecer en cualquier idílica playa de Balears, un fin de semana de hotelito en la mejor compañía, unas risas con esos compañeros de trabajo y con aquellos con quienes compartes aficiones deportivas o, del mismo modo, recuerdos sobre momentos difíciles, duros, que también conforman la banda sonora de nuestra vida.

Efectivamente, la música, como los olores, es un potente evocador de recuerdos. Pero diría que la música es eso y mucho más. La música también nos inspira, nos motiva, nos da fuerzas y nos puede ayudar a crecer y a madurar. El músico irlandés Paul David Hewson, más conocido por su nombre artístico Bono, lo tiene claro: “La música puede cambiar el mundo porque puede cambiar a las personas”. Así que, hagámoslo, elijamos nuestra música, la que nos emociona, la que ilumina nuestro día, la que hasta en el recuerdo más triste nos hace más fuertes, porque así, de paso, nos hace mejores.

De momento…sigo escuchando a Amaia y Alfred y me quedo sin saber qué decir, aunque a estas alturas eso poco importa, pues como muy bien dijo Hans Christian Andersen, “donde las palabras fallan, la música habla”.



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